LA TÍA

 

 

“De verdad os digo, este es al más grande amor que Dios me ha dado —le susurró su primo mientras seguían a la tía Tula hacia la casa—. Mira el culazo, sigue el ritmo de sus nalgas, contempla esas piernotas, de la rodilla al tobillo parecen de ángel. Te la imaginas en la cama en pleno galope, culebreando, dando gritos de placer, sudada… Ahora mismo me tiraría un buen pajazo o la tumbaría sobre el césped del campo florido…”.

Regresaban, triunfantes, del tradicional escondite por tríos jugados por la familia en pleno, sin excepciones, después de los cafés, del te, el coñac, los anises, el pernod, en fin, de los licores de sobremesa.

El primero en ser descubierto fue el tío Roberto, gracias a sus atronadores ronquidos para desesperación de sus dos hijos pequeños, empeñados infructuosamente en taparle la boca.

Después de tres en tres iban descubriéndose el resto de los escondidos.

Pero nadie logró encontrar a la tía Tula con sus dos sobrinos.

Se habían metido en la casa del mastín, levantándola en peso, acurrucándose dentro de cualquier manera. Arturo, cual obediente caracol, fue el ultimo en lanzarse con la casa de Sultán sobre la espalda.

El más chiquito, él, yo, estaba bajo el cuerpo de la tía, y encima, el primo Arturo machucando a la tía Tula que, a su vez, lo machucaba a él, a mí, mucho más.

El más chiquito ignoraba si sintió o no los senos de la tía apretados contra su espalda; y menos aún supo que en uno de sus movimientos la parte trasera del talón de su zapato se situó justo frente al clítoris de la tía Tula, haciendo presión, y con los movimientos de la pobre tía empeñada en no estar apretada por todos lados, la situación se volvió bastante claustrofóbica, por lo menos para él, para mí, al estar colocado debajo de todos.

A Arturo sólo lo apretaba el tejado de la casa del perro y el estaba encima de la tía, con su pichulín de los diez y siete años en posición de firmes, supuso mucho más tarde.

Habrán estado así uno, dos o tres minutos, hasta sentir a la tía temblando, cada vez con más energía, dando la impresión de ahogarse, al extremo de asustar a Arturo y obligarlo a hacer un movimiento para tirar de lado la casa del perro pues nadie parecía aguantar tanta apretura por la sola motivación de quedar bien en un juego familiar. Además, con el ruido causado por la casa al caer, y el hecho de no presentarse nadie a descubrirnos, era obvia la demostración del final del juego. En consecuencia, al no ser descubiertos, éramos los ganadores, y nos encaminamos a la casa para presentamos en tal condición ante los parientes en pleno; la tía iba al frente, roja como un tomate y con un poco de sudor en la frente, nosotros atrás riéndonos.

Años después, ya grandecitos, al rememorar los juegos familiares de la infancia, Arturo le preguntó si recordaba cuando nos punteamos a la tía Tula en la casa del viejo Sultán. ¿Te acuerdas? Fue bestial. Riquísimo. Todos me creyeron meado, pero era mi primer polvo sobre un culo femenino. Fue mi gran amor hasta su muerte en ese estúpido accidente.

Él, con la vergüenza de sus veinte años, confesé tartamudeando no haberme dado cuenta de nada. ¿Nunca has pensado cómo sería la tía Tula, la tía Merceditas, la abuelita y tu mamá culeando? Jamás, le contestó, nunca me pasó por la cabeza pensar en esas cosas, en frio o en caliente, y menos aún proyectándolo sobre la familia.