LOS PREMIOS NOBEL

 

 

Habíamos estudiado juntos Filosofía y Letras, éramos los idiotitas de nuestras colonias, donde la mayoría estudiaba medicina, ingeniería y abogacía.

Yo escribía poemas y él cuentos como una manera de calentar motores antes de saltar a la novela.

En el colegio mayor nos decían los premios Nobel, y los dos estábamos convencidos de recibirlo tarde o temprano.

Al concluir nuestros estudios, ambos diplomados de filósofos letrados, fuimos al mejor restaurante de la ciudad a darnos un atracón de mariscos, rociados con un vinito blanco bien helado.

Al terminar la comilona, nos despedimos con un fuerte abrazo; en muy pocos días los dos emprenderíamos el regreso a nuestros países.

Después de cinco años, él llevaba en las maletas ejemplares de un libro de cuentos y un par de premios provinciales de narrativa; yo, en cambio, había aceptado mi condición de poeta de bautizos, cumpleaños y fiestas de guardar.

Como se decía en ese tiempo, carecía de numen, no me visitaban las musas, ni las buenas ni las malas.

Prometimos cartearnos, jamás lo hicimos.

Y así pasaron los años. Muchos años. Él no había ganado el Premio Nobel y yo lo había descartado desde antes de nuestra última comilona. ¡Muera el arte!

Y sucedió que un día, el avión en el cual regresaba a casa se retrasó por mal tiempo y nos advirtieron sobre una demora, con suerte, de unas tres horas; en el momento adecuado por los parlantes nos informarían la puerta por donde deberíamos entrar al avión.

Llamé a mi esposa avisándole de la demora y, con la última novela de Vargas Llosa bajo el brazo, me fui al bar del aeropuerto a leer y tomarme unos whiskys mientras pasaban las horas y amainaba el mal tiempo.

Ni bien me senté en un cómodo sillón, alguien de la barra me comenzó a mirar con insistencia.

Un marica, supuse.

Ordené un whisky con agua mineral, un par de sandwichs, y busqué acomodarme con la intención de leer la novela de un tirón.

Por el rabillo del ojo vi al señor de la barra acercándose lentamente sin quitarme la vista de encima.

Su madre, dije, y di un golpe significativo de puño sobre la mesa.

Ya lo tenía casi encima, a medio metro a lo más.

Iba a soltar unos carajos cuando escuché, señor mío, será vuestra eminencia por casualidad el premio Nobel.

Me giré y el susodicho dijo mi nombre, abriendo los brazos con la intención de abrazarme.

Era el otro premio Nobel, mi compañero de los años de estudiante, el confidente de los sueños compartidos y las esperanzas fallidas.

Lo invité a sentarse: pidió un Manhattan y aceitunas rellenas.

Lo encontré destrozado.

Llevaba un peluquín de mala calidad y además inclinado a un lado.

El bigote tenía pelos cafés y blancos apuntando en múltiples direcciones.

El cutis lo tenía ceniciento y lleno de arrugas.

Los labios eran pálidos, igual a dos débiles líneas a punto de concluir de borrarse.

Los anteojos estaban parchados en las bisagras.

La camisa se notaba sucia en el cuello y en los bordes de las mangas; el traje, además de gastado, le quedaba grande y era bastante vulgar.

No llevaba corbata, ni reloj y sí un grueso anillo de matrimonio de color plateado.

Lo contemplé con pena.

¿Y si no fuera él sino yo?

Hablamos, recordamos.

Le conté de mi viaje demorado y él me dijo que había venido a despedir a un pariente y aprovechó para tomarse un coctel antes de regresar a su departamento.

Vivía solo; estaba divorciado desde hacía siete u ocho años.

Tenía cuatro hijos, tres hombres y una mujer, y, hasta el día de ayer, nueve nietos.

Los veía poco.

¿Y tú?, me preguntaba.

Yo buscaba otro tema tratando de distraerlo y no darle una respuesta.

Se te ve muy bien, estás igual a cuando estábamos en la universidad, ¿no es cierto?

Tenía un aliento y un olor parecido a una mezcla de alcohol avinagrado, cigarrillos viejos y huevo podrido.

Mientras conversábamos, se bebió cinco Manhattan por lo menos, se comió varios sandwichs pequeños de jamón y fue unas diez veces al baño.

No fumó. ¡Muera el arte!

 

En realidad uno, por un amigo, aguanta eso y más.

Son pocas horas, es igual a un fantasma materializado de pronto frente a ti, para hablarte de cantidad de cosas olvidadas y sin ningún motivo para justificar recordarlas.

Y llegó la pregunta esperada: ¿y tu poesía, seguiste escribiendo, lees, ya veo (señala el Vargas Llosa), qué paso, qué paso?

Huyyy, le dije, todo eso lo dejé el año del lobo.

¿Cuándo?

Huuuuuuuuuuuuuuuuuyyyyyyyyyyyyyy, aullé (era mi chiste de cabecera).

¿Y tus cuentos?

Eras muy bueno.

Aún recuerdo ese de las serpientes y escaleras.

¿De verdad?

Claro, de verdad.

A ver, cuéntamelo, hace ya tantos años.

Me reí y le dije mejor cuéntame de ti, ¿seguiste escribiendo?

Me fue de la patada, me contestó bajando los ojos, como buscando algo en el suelo, de la verdadera patada.

Llegué con mi diploma nuevecito, mi libro de cuentos, una sensación de superioridad y la seguridad absoluta en el éxito.

El plan consistía en lograr un puesto en la Universidad.

Un seminario de doctorado, cursos de postgrado, algo así.

Sería parecido a continuar estudiando, los mismos horarios, sólo que ahora yo sería el profesor y tendría todo el tiempo del mundo dedicado a leer y escribir.

¡El ideal!

Pues no, uno no regresa y entra a enseñar a la universidad.

Me ofrecieron clases en un colegio, hacer horas.

Comenzar por abajo.

¿Y de qué viviría?

El sueldo era miserable.

Así la habían pasado todos antes de lograr un puesto en la universidad.

Tal vez de ayudante ad honorem de un catedrático, buscando foguearme.

Se me pusieron los pelos de punta.

Conseguí, por recomendación de un amigo, un puesto de ayudante de redacción en una agencia de publicidad.

A los cuatro meses despidieron al jefe y me nombraron jefe a mí, con mejor sueldo, claro.

Lo malo fue que el único miembro del departamento de redacción resulté siendo yo, jefe y chulillo al mismo tiempo.

Me alquilé un buen departamento, compré un Mustang, renové la percha y me sentí cómodo.

¿Escribir?

Claro, escribía cantidad de publicidad en los periódicos, guiones para comerciales de la tele, de la radio, pie de fotografías, texto en las bardas, frases célebres.

El problema no era el trabajo sino las mujeres y el trago.

Me tiré a la mitad de las chicas en edad de merecer y me bebí por lo menos un par de océanos.

A veces escribía algún cuentito, pero saltaba a la vista el fraude, era sólo una manera de calmarme a mi mismo.

A los dos años tenía el hígado podrido, cargaba una úlcera del tamaño de la Torre Eiffel, enfrentaba unos doce juicios de paternidad y estaba metiéndome cocaína.

Era un tobogán.

Me salía o llegaba hasta el suelo. ¡Muera el Arte!

Un día me crucé con Paulina.

No la veía desde antes de irme a Europa.

La invité a almorzar.

Volvió esa identificación, esa química siempre presente entre nosotros, y ya no nos separamos.

Le conté mi vida y ella se asustó de mi estado físico y mental.

Tenía un guardadito y ella también.

Vendimos todo y nos fuimos a Madrid.

Estuvimos casi dos años viviendo a cuerpo de rey, bueno, algo menos, hasta quedarnos sin blanca y vernos en la obligación de regresar a la patria querida.

Nos casamos; conseguí en otra agencia un puesto de redactor con las tardes libres.

En España había vuelto a escribir pero me equivoqué.

Con la idea de impresionar a Paulina me lace a escribir una novela.

Era una carrera larga y no estaba entrenado.

Debí haberme puesto a escribir cuentos, eso sí me salía muy bien, y después pasar a la novela.

Pues no, la fregué.

No lograba pasar de la página cincuenta en ninguna, en ninguna de las seis comenzadas y tiradas con tristeza en la basura.

La ganancia era no beber, haberme olvidado de la coca, en fin, recuperé mis nervios, me estabilicé emocional y sexualmente, volví a leer y escribía, o trataba, tres o cuatro horas diarias. No me salía nada.

Paulina lo sabía y me animaba, ya recuperaría la forma, al regresar e instalarnos en una nueva vida todo mejoraría.

Y en cierta forma tuvo razón.

Ella se opuso a verme trabajar ocho horas diarias en publicidad.

Agarré un puesto de medio día, como te dije.

Menos sueldo significaba también más horas para mí.

La agencia era chica; el dueño era mi amigo y yo sabía hacer mi trabajo.

A los cinco años tenía cuatro hijos, y además le daba al banco la mitad de mi sueldo por la hipoteca de la casa, el departamentito de la playa, el carro estrenado con las campanas del año nuevo, y además los intereses de las tarjetas de crédito. La imbecilidad galopante.

De todo eso me di cuenta después. ¡Muera el Arte!

 

Pero no creas que culpo a Paulina de algo.

Ella es una santa.

En nuestra casa, la habitación más grande la destinó a mi estudio.

Allí tendría mis libros, escribiría y leería sin molestias, y cuando estuviera la puerta cerrada nadie entraría ni me llamaría.

Y así lo hicimos, pero te diré la verdad: no me salía nada de nada.

El desierto, la absoluta sequedad.

Ni un cuento, ni esos mini cuentos de diez líneas era capaz de escribir.

Regresaba de la oficina, almorzaba con Paulina, dormíamos una siesta y después me encerraba en mi estudio; a las nueve bajaba a cenar o nos íbamos a comer a la calle y a un cine.

Lo grave era la imposibilidad de trabajar en mis cosas.

Cinco horas encerrado en un cuarto sin hacer nada.

Trataba de leer y a los diez minutos se me caía el libro de puro aburrimiento.

En eso andábamos cuando nació nuestro primer hijo: Nicolás.

Y yo seguía en clausura durante mis inamovibles cinco horas diarias.

Al años siguiente nació Gustavo.

Una noche, conversando con Paulina después de la comida, reconocimos la necesidad de conseguir más dinero; entre el banco y los niños no podíamos terminar el mes y ella debía recurrir a su padre en busca de ayuda.

Paulina quería volver a trabajar.

Había ya hablado con su tío.

Tratando de impedirlo, confesé: me era imposible escribir, estaba seco; no existía ninguna razón para trabajar sólo medio día; trabajar el día completo resultaría lo mismo aunque con más dinero para nosotros.

Logré convencerla.

Mi amigo se deshizo en explicaciones sobre la imposibilidad de duplicarme el sueldo; las cosas andaban mal, ya no era cómo antes, mucha competencia, etcétera.

Mientras hallaba otro trabajo en publicidad a horario completo, obtuve dos horas de clase, por la tarde, en un colegio de curas: enseñaría castellano.

Pagaban una porquería.

Conseguí seis alumnos particulares entre las seis y las nueve, y correcciones a medianoche en un diario.

De esta forma logre situarme a casi un ochenta por ciento de los ingresos si trabajara todo el día en la agencia.

Varias veces me ofrecieron incorporarme a la Universidad; ya resultaba imposible.

El sueldo no cubriría ni la mitad de mis ingresos de la mañana.

Además, desde hacía por lo menos cinco años no había abierto un libro de teoría literaria y los estructuralistas me traían frito.

Salía de casa a las nueve de la mañana y regresaba a los dos o tres de la madrugada.

Me encontraba a Paulina y a los niños durmiendo.

Nació Antonio.

Y después Cristina.

El dinero seguía sin alcanzarnos y lo real era la angustiosa necesidad de conseguirlo de cualquier manera.

Las hipotecas nos comían crudos.

Trataba de multiplicarme.

Nada bastaba.

Me puse a escribir artículos para el periódico.

Ya tú sabes cómo es eso.

Amigos y más amigos.

Cerrábamos la edición y nos quedábamos conversando.

A las cinco o seis de la mañana llegaba a casa con bastantes tragos adentro.

Una cabeceada, un baño y salir a las carreras hacía la agencia.

Comencé a hacer aguas.

Mi amigo me llamó la atención varias veces y un día, sin más trámites, me despidió; los curas se fastidiaron al verme sonambular en clase: los muchachos se burlaban de mí.

Sólo quedó el periódico.

Ya mis hijos estaban por entrar a secundaria y mi suegro era quien en verdad sostenía la casa y pagaba las facturas.

Paulina no quería saber nada de mí: me repudiaba, supongo.

Me clavé en la bebida.

Al despertarme tenía, entiendes eso, debía tomarme un trago para agarrar fuerza y poder abrir los ojos y levantarme.

Un día, Paulina me dijo que ya estaba harta, que no tenía remedio, que no me aguantaba, que daba un mal ejemplo a los niños, que se avergonzaba de mí, y los niños también: ¡la catástrofe!

¡Se me vino el mundo abajo!

Vendió la casa y mis hijos se negaron a verme.

Iba a visitarlos y me tiraban piedras desde el tejado obligándome a huir.

Paulina no quiso volver a saber nada de mí.

Ni siquiera aceptó el poco dinero que hubiera podido darle.

Nos divorciamos; ella se volvió a casar y tuvo otros dos hijos: ¡toda una señora coneja!

Yo me dediqué al periodismo, incluso a buscar artículos en francés o en inglés para darle la vuelta.

Y eso sigo haciendo.

Ni cuentos ni literatura.

Vivo en un cuartito de mala muerte, soy un inaguantable borrachín y tengo muchísimas dudas de recibir algún día el premio Nobel.

Se rió, echó la cabeza para atrás mientras se carcajeaba, y al volverla hacia adelante vomitó una increíble cantidad de líquido, aceitunas y pedazos de jamón.

Cubrió la mesa en su integridad.

Yo me levanté de un salto y él se cayó de lado, se acomodó y comenzó a roncar.

Llamé al encargado del bar.

Le pagué la cuenta, di una excelente propina y le pedí llevar a mi amigo, con cuidado y sin golpearlo, hasta un taxi.

Mientras iban a buscarlo, me agaché, doblé varios billetes de cien dólares y se los metí lo más al fondo posible dentro de la media del zapato izquierdo.

Al regresar y lo cargaron, di el nombre del periódico, otro billete de cien dólares, y me fui con toda la lentitud del mundo hacia la puerta de embarque.

Eso fue todo. ¡Muera el Arte, caballeros!