MI VECINO Y SUS HIJOS.

 

Una de las veces que regresé a mi país –tal vez la primera, luego de un par de años fuera-, alquile un departamento en un edificio enorme ubicado en el centro de la ciudad.

Los tenían de dos tipos: una habitación, sala-comedor, baño o, más grandes: tres habitaciones, sala comedor, baño.

No sé cuantas veces me cambie de departamento, subía o bajaba de piso; tampoco no recuerdo la razón de mis mudanzas.

Incluso una vez, los administradores de la compañía de seguros, se ocuparon, en mi ausencia, de ordenar el cambio de mis cosas de un tercer piso a un séptimo.

Cada objeto fue colocado al milímetro, tal como estaba en el piso de abajo. Sin embargo, me enfurecí y presenté una airada protesta por haber invadido -no me atreví a decir violado- mi intimidad.

A la media hora me pasó la rabia y me encontraba contentísimo de la invasión o violación de modo tan correcto.

En fin.

 

Sucedió que en alguno de esos departamentos donde viví tuve por vecinos a una pareja de homosexuales y, al otro lado, a un matrimonio con tres hijos, el menor de pocos meses.

Los sábados los maricas organizaban fiestas y, llenos de educación, los viernes en la noche venían a invitarme y a disculparse de antemano por cualquier molestia posible de causarme con el natural jolgorio de una reunión social.

Nunca me atreví a aceptar las invitaciones, a pesar de formar una pareja muy correcta, muy en su sitio.

El matrimonio vecino, en cambio, se peleaba a cada rato, a diario, sin saber acallar o controlar los llantos del bebé ni de los otros niños (uno tendría tres o cuatro años; el otro dos o tres, no sé, algo así, calculo).

Los pleitos, en su mayoría, eran originados por celos del marido.

Reclamaba a su mujer no estar en casa con los niños, dejarlos encerrados, pintarse de manera exagerada, “salir como puta a recorrer las calles”.

Era una tremenda gritería salpicada de groserías e insultos terribles sobre varias generaciones de la señora.

Pues bien, una tarde, ya anochecido, abrí la ventana de la sala comedor para entretenerme contemplando la ciudad mientras fumaba un cigarrillo.

De pronto algo surgió del departamento de al lado y fue a estrellarse contra la mezanine situada a unos tres metros de la calle.

Al voltear a ver si pasaba algo, saltó otro bulto: esta vez sí distinguí a un niño que gritaba, se retorcía, descendía con rapidez a estrellarse abajo.

Alarmado saqué medio cuerpo para ver con más amplitud en la ventana del vecino y me lo encuentro con medio cuerpo afuera, con el niño chiquito entre los brazos, listo para lanzarse al vacío.

Grité, le rogué no hacerlo, solté carajos en retahíla, pero sin hacerme el menor caso, sin siquiera voltear la cabeza a mirarme, el señor saltó impávido con el niño bien abrazado contra su pecho.

Abajo se vio el cuerpo del señor, con el bebé y los dos niños tirados al lado.

Algo impresionante.

No supe qué hacer; se me pusieron los pelos aún más de punta al ver el suelo cubriéndose de hilillos de sangre provenientes de los cuerpos de los niños para ir a juntarse en la cabeza destrozada del papá.

Un espectáculo horrible que no le deseo presenciar a nadie.

De pronto comenzaron a escucharse gritos, llantos, palabras incoherentes saliendo de las ventanas del edificio.

Éramos decenas de curiosos, de vecinos, expresaban su dolor ante los cuerpos de los niños y del padre muertos.

En eso se escuchó un grito aún más terrible, un aullido diría, semejante al crujir de una desgarradura, de algo rompiéndose en mil pedazos.

La esposa asomada en la ventana veía a su familia tirada sobre la mezanine: al marido y los tres hijos desangrándose debajo de ella, al fondo.

Estaba a un metro de mí, con la cara desencajada, el horror clavado en los ojos: volví a sacar medio cuerpo, a gritar, a decir más carajos, a rogarle no hacerlo, pero justo en el momento en que la señora parecía iniciar el salto, unos brazos peludos la agarraron de la cintura y la metieron con violencia hacia adentro.

Al día siguiente me mudé a un piso de más abajo, no leí el periódico durante un par de semanas y ninguna persona del edificio tuvo la suficiente confianza para comentar conmigo lo ocurrido.

No quise saber más, nada, ni una sola conversación sobre esas muertes.

Fue algo que sucedió al lado mío, simplemente.

No era de mi incumbencia.