UNA NOCHE DE VAMPIROS

 

Sentado en el comedor, con las luces apagadas, fumó un cigarro y lo acompañó con breves sorbos de coñac.

Serán cerca de las doce de la noche.

Dentro de unos minutos me iré a dormir.

De pronto comienzan unos raros movimientos en torno mío.

Los identifico: es una familia o una banda de murciélagos que se han metido por error en la masia.

Son pequeños ratoncitos con alas.

No es que sean muy jóvenes, sino que por naturaleza son de ese tamaño.

La gata se vuelve loca y salta para atraparlos conforme se acercan y pasan sobre ella casi tocándole las garras.

Para los murciélagos y para la gata es como si fuera de día, se ven, se sienten.

La gata no caza ninguno y de pronto se interrumpen los vuelos, los movimientos.

Se habrán ido.

Continuó sentado, en pleno disfrute de la noche, oscura como boca de lobo.

Continúo con el cigarro en una mano y la copa de coñac sobre la mesa.

Al terminar, prendo la luz para cerrar las puertas y las ventanas, y veo a los ocho o nueve murciélagos colgados de una de las vigas del tejado.

Me acerco a mirarlos, los examino uno a uno, mientras ellos me ignoran por completo.

Con un bastón doy un par de golpes en la viga y emprenden el vuelo, salen por las ventanas abiertas para sumergirse en la oscuridad.

Mientras voy a cerrar las puertas y ventanas, recuerdo la vez que se metió en casa un murciélago grande, tan grande como si fuera de Transilvania, y mi hermano, sin pensárselo dos veces, fue a buscar su arco y sus flechas -aún no tendría ocho años-, y ante la sorpresa y la consternación general, al primer intento atravesó al animal de lado a lado.

Era una flecha de madera con punta dura, de metal.

El animal aún hizo algunos estertores antes de irse a la muerte.

Sin apenas dudarlo, atribuimos a la flecha de madera el haberle atravesado el corazón, razón por la cual el vampiro no pudo transformarse en el conde Drácula o en uno de sus secuaces.

Mi madre nos escuchó sin creérselo y sólo se convenció al entrar en la habitación de mi hermano y ver al vampiro clavado en la pared con las alas abiertas y con la flecha aún atravesándolo (No digo que midiera un metro, pero sí sus buenos treinta centímetros).

A la semana se tiró a la basura: se agusanó y olía a los mil demonios.