EL SABOR DE LA NARANJA

 

Cuando el tema empezó a languidecer, él carraspeó un par de veces y de inmediato, elevando un poco la voz, dijo, les contaré lo que vi con mis propios ojos durante la Revolución mexicana.

Es horrible pero tiene su ternura.

Pues bien, estaba de vacaciones en Chihuahua, invitado por un buen amigo a pasar unas semanas en su rancho.

Eran los años del inicio de la revolución contra Huerta y contra lo que les pusieran al frente.

Sería por marzo y abril, a poco del asesinato del presidente Madero y del vicepresidente Pino Suárez.

Habrían pasado diez días desde mi llegada, pero ya tenía la piel curtida por tanto ahorcado, fusilado, degollado, colgado, torturado visto en el camino para mi mala fortuna.

Aún así, fui sensible al fusilamiento de un joven villista capturado con otros revolucionarios cerca de Parral.

Los tenían arrinconados contra una pared de adobe y los federales se divertían golpeándolos con las culatas de los rifles y soltándoles cualquier cantidad de insultos.

Al llegar el capitán con la orden de fusilarlos, los soldados a punta de culatazos los dividieron en grupos de seis.

Del montón de indígenas campesinos reunidos en media luna para ver las ejecuciones, salió una mano de mujer y le entregó a un chico villista una naranja vulgar y corriente.

Él la miró, hizo el gesto de pesarla, sonrió como agradeciendo, la partió en dos y empezó a comerla con un placer indescriptible.

Al tocarle el turno a su grupo, fue empujado y puesto en fila frente al pelotón de fusilamiento; él ignoró los gritos del capitán y de los soldados ordenándole tirar la naranja.

Continuó chupándola golosamente, comiéndosela con gran placer e indiferencia ante la muerte que se le venía encima.

Murió con los restos de la naranja en la boca, extrayéndole los últimos jugos y pellejos.

Me fui.

Aún faltaban varios grupos, pero no tenía ganas de contemplar, aunque fuera de lejos, la manera como tratarían a los cadáveres.