LA MUJER DE MIS SUEÑOS

 

Lo que recuerdo es muy simple: yo andaba con la que era mi enamorada a la izquierda y con la mujer de mis sueños a la derecha. Los tres éramos estudiantes; todavía estábamos en el colegio, y no en el último curso. Con mi enamorada –ahora debería decir mi novia, pues compañera sería demasiado atrevido; en fin, tampoco era mi novia: apenas teníamos quince años. Sólo nos agarrábamos las manos en la oscuridad del cine, ella en la fila de adelante, yo en la de atrás. Nos escribíamos cartitas todos los días, y la mujer de mis sueños me las traía a casa o yo iba a la suya a recogerlas. Así fue como descubrí todo.

Una noche ella ya estaba acostada y yo aparecí a buscar mi cartita de amor. Me fastidió que ella no me la trajera a casa y más aún que ya estuviera a punto de dormirse. Se bajó de la cama –era de esas que se llaman camarote, pues son dos camas sobrepuestas–, abrió su cartera de colegio y me dio la carta sin la menor sonrisa y, creo, que mirando hacia otro lado. Estaba fastidiada conmigo; se le veía en la cara. Yo me quedé mirándola, y cuando subió a su cama (dormía en la de arriba y la de abajo estaba siempre vacía), se le abrió un poco la pijama y vislumbre un maravilloso muslo, blanco, duro y brillante. En ese instante descubrí que ella era la mujer de mi vida y que mi enamorada era solo un pretexto para verla diariamente. Pero seguí disimulando. No me pregunten por qué.

Bueno, yo andaba con la que era mi enamorada a la izquierda y con la mujer de mis sueños a la derecha. Ellas habían salido de la casa de mi enamorada a dar un paseo, y, en verdad, a encontrarse conmigo. Y los tres estábamos caminando de lo más tranquilos. No recuerdo ni sé de qué podríamos haber estado conversando. ¿De qué puede hablarse a esa edad? La mujer de mis sueños había accedido a mis ruegos de sacar a mi enamorada de su casa con el pretexto de dar unas vueltas para conocer el barrio.

En ese tiempo, y a esos años, era todo un problema tener enamorada. Yo no sé cómo sería para otros muchachos de mi edad, pero para mi ella era mi tercera enamorada de “solo manitas”. Y aún así, era todo muy complicado. Primero a las chicas desconocidas se les trataba de usted; cuando las miradas, los chismes de las amigas y los amigos adquirían determinada unanimidad sobre que a ella también le gustabas y se moría por ti, “le caías”. Eso significaba preguntarle si quería ser tu enamorada, por lo general mientras se bailaba algún bolero algo más cerca de lo normal. La respuesta era casi siempre “déjame pensarlo unos días”. Y te quedabas así, en el aire, hasta que a ella se le antojaba darte el sí. Tu respuesta era un agarrarle la mano, darle un apretón y sonreírle con cara de tonto. A partir de ese momento, ya podías bailar con los cachetes juntos, decirle algún piropo si te atrevías, y agarrarle la mano cada vez que se surgía la oportunidad. De besos nada. No se dejaban. Bueno, a lo más un beso en la mejilla o uno muy rápido, sólo rozando tu labio con el suyo. Así era en ese tiempo.

Sigamos: yo andaba con la que era mi enamorada a la izquierda y con la mujer de mis sueños a la derecha. Yo, atreviéndome, rozaba con mi mano izquierda la mano de mi enamorada y con la derecha la pierna de la mujer de mis sueños. Eran roces tan inocentes, casi normales para tres personas que caminan juntos por una vereda, que ninguna de ellas hubiera podido creer que lo estaba haciendo a propósito. Ahí también descubrí que eran cuatro a uno las veces que rozaba la pierna de mi derecha que la mano de mi izquierda.

Esto de los roces desempeñaba una importante función erótica en nuestro trato con las mujeres. Era como la declaración o la advertencia que estábamos buscando algún tipo de relación con la chica o con la mujer con que rozábamos la mano, la pierna o el brazo. En los autobuses y en los cinemas la actividad del roce era imparable. En el autobús uno trataba de pegarse a la mano de la chica o mujer que se sostenía de pie apoyándose en los pasamanos, la barandilla o el pretil. Después estaba el de acercarse hasta pegarse a la espalda, haciéndole sentir en el culo lo pegado que estaba uno. En el cine era igual, buscabas juntar tu brazo al de ella o pegarle la pierna a la suya como sin darte cuenta. La verdad es que casi nunca daba resultado y terminabas llevándote at tu casa una vergüenza inconmensurable. A mí nunca me sucedió nada parecido, pero supe de amigos a los que les clavaron en el cine un alfiler en el brazo o en la pierna; y a otros, en los autobuses, les armaron tal escándalo a grito pelado, que se vieron obligados a bajarse en la siguiente parada para escaparse del lio.

Ahora lo importante era que yo andaba con la que era mi enamorada a la izquierda y con la mujer de mis sueños a la derecha. Caminábamos al azar, lo importante era que estábamos juntos y realizábamos una inocente sublevación. De pronto sonó con insistencia un claxon. ¿Qué hicimos? Lo que harían todos, voltear a mirar qué pasaba. Mi enamorada dijo: ¡¡mi padre!! Los tres nos detuvimos a ver avanzar el carro hacia nosotros. Mi enamorada repetía: ¡¡¡Mi padre!!! La mujer de mis sueños no abrió la boca. El carro paró al lado nuestro. Se bajó el padre de mi enamorada, aún con su uniforme de enfermero o anestesista del ejército, y camino hacia nosotros, dando la vuelta por la parte delantera del vehículo. Yo, como me enseñó mi madre, me acerqué a saludarlo extendiendo la mano. Pues bien, el pequeño monstruo me agarró la mano, me torció el brazo y me zampó una patada en el culo, utilizando la metálica punta del zapato y no la parte lateral.

¿Que qué hice? Pues partí a la carrera, dejando a mis dos damas en manos del energúmeno. Con mi enamorada seguimos agarrándonos las manos en el cine, incluso le di dos o tres besos en la mejilla, pero ya era un idilio muerto, sin gracia alguna. La mujer de mis sueños jamás me dijo una palabra sobre el incidente; jamás me reclamó haberla puesto en una situación tan comprometedora y desagradable. Después supe por algunos amigos que el padre la llevó de regreso a su casa ipso facto. Yo deje de verla por años y años. Se casó con un inglés y se fue a vivir a Londres. Dicen que muy bien. De mi enamorada no volví a saber absolutamente nada, como si se hubiera muerto. Y del padre, menos aún.

Sin embargo, hace un par de semanas, coincidí con la mujer de mis sueños en un restaurante de París. Ella estaba con una amiga, yo con mi esposa. Sin pensarlo dos veces, me dirigí a su mesa para saludarla. Como que no me reconoció al instante o se hizo la que no plenamente, pero unos segundos después se levantó, me abrazó y me dio un beso en la mejilla, repitiendo “increíble, increíble”. Presentamos a nuestros acompañantes y ellas insistieron en que nos quedáramos en su mesa. Claro que acepté. Mi esposa hizo una imperceptible mueca de fastidio.

Ella me contó de su vida, yo de la mía. Nuestras acompañantes quedaron al margen mientras hablábamos como si estuviéramos solos.

–No me vas a decir que cuando eran jóvenes tú eras la mujer de los sueños de mi marido –interrumpió mi esposa.

–Primera noticia –contestó ella.

Yo miré para otro lado.

–¿Tu fuiste la que lo acompañaba cuando le dieron una patada por don Juan? –insistió mi esposa.

–No sé de ninguna patada y menos que tu marido fuera un don Juan.

Mi esposa me miró sonriendo irónicamente. Yo me mantuve incólume.

–¿Tu te acuerdas de don Mario? –me preguntó la mujer de mis sueños mirándome directamente a los ojos.

–Más o menos –respondí. No conocía a ningún don Mario.

–Estuvo destacado en la embajada, aquí en Londres.

–¡Ah! No sabía nada de eso.

–Me lo encontré en una fiesta, una de esas fiestas por la fecha patriótica o algo así. Se acercó a saludarme.

–No me digas.

–Y me dijo: ¿no se acuerda de mi?

–No –le respondí seca, muy seca.

–Pues usted era amiga de mis hijas, las Chávez Martínez.

–Sonreí, di media vuelta y lo dejé con la boca abierta. Al despedirme le dije al embajador, “ya he visto que tiene chusma en su embajada”, y ambos volteamos a mirar a la misma persona. Creo que un mes después ya estaba destimado en otro sitio… –concluyó, mientras se levantaba de la mesa para irse.

Nos levantamos todos y nos despedimos a besos y prometiendo volver a venos lo antes posible. Intercambiamos teléfonos. Pero ella no llamó ni yo tampoco. No la volví a ver nunca más. A veces la he buscando por Internet o por esos portales sociales, pero nunca la he podido enontrar. ¿Así es la vida?