MI AMIGO Y EL CINE

 

Hace unos años, bastantes, me pidieron como un favor especial contar cualquier fenómeno extrasensorial vivido o contado por alguna persona digna de crédito.

Me excusé aduciendo mi descreimiento del asunto y la carencia de la más mínima anécdota para referir.

Agregué, también, que a pesar de no creer en ese tipo de fenómenos, no los negaba, los aceptaba como posibles aunque no probables sucedidos.

Sin embargo, esa misma noche escribí una nota sobre el tema y la envió al director de la revista que se lo pidió:

 

Los fantasmas.

¿Existen los fantasmas?

Todos lo negamos, incluyéndome.

Pero hablemos de las apariciones.

La más común es la súbita presencia de alguna persona amiga, o sólo conocida, muerta, quien de pronto se deja ver a una distancia imposible de acortar y por un tiempo mínimo.

Esta es la más común.

Sucede en cualquier lugar, mientras se camina por la calle, al estar leyendo en casa, al mirar por una ventana, cuando pasa el metro o un autobús y es posible distinguir las caras de las personas.

De mis experiencias en este campo, la más extraña fue la de un compañero, fallecido en un accidente de aviación en los años en que éramos estudiantes universitarios.

Le dio por aparecer en las películas.

No era un actor principal, ni siquiera secundario, era de los llamados “extras”.

Por ejemplo, cuando un grupo de guerreros (romanos, de la primera guerra mundial o indios) se caía de los muros de un fuerte o corría hacia el enemigo o, también, al filmarse a una famosa artista mientras camina por la calle, cruzándose con gente normal y corriente, de pronto mi amigo estaba entre ellos, y fuera cual fuera su posición, se daba mañana para voltear la cabeza, mirarme y hacer una ligera sonrisa de complicidad.

Claro, nadie me creía al escucharme contar la historia, y por eso me vi forzado a eliminar esa simpática anécdota de mi conversación; parecía un mal chiste, una tomadura de pelo, o la burla a un compañero fallecido en plena juventud.

La situación llegó a convertirse en una desagradable incomodidad.

Imagínense, en cualquier película, sea en el cine o en la tele, solo o acompañado, de pronto distinguía la cabeza de mi amigo, así estuviera despeñándose, atravesado por una lanza o caminando por las calles de Bombay.

En un momento indeterminado descubrí mi tendencia a dejar de lado el argumento de la película, para esperar la aparición de la cara, la mirada y la sonrisa de mi occiso compañero universitario.

Pedí ayuda a psiquíatras (es sólo una alucinación), a sacerdotes (me llenaron de agua bendita los anteojos y los aparatos de televisión), a brujos (me “limpiaron” con cientos de huevos pasados por el cuerpo y bailaron con empeñosa arritmia en torno mío), mas mi amigo continuó apareciendo de extra en todas las películas que veía.

Un día, de pronto, desapareció.

Bueno, no volvió a aparecer.

Estuve atento, esperándolo durante unas veinte películas, y desistí.

Desde entonces me resigné a no vislumbrar nunca más en el cine a mi extravagante compañero, que en paz descanse.”