PRESO POLÍTICO

 

 

Sí, sí, yo, como todos, también estuve detenido. Se presentaron a las tres de la mañana; le tocó a mi esposa abrir la puerta. Groseramente la empujaron de lado y se metieron. Eran cinco tipos vestidos de rangers, con la cara tapada por un pasamontañas, armados como si estuvieran en Vietnam: puñales, armas de mano, granadas y un rifle ametralladora que esgrimían como en las películas. Entraron a lo bestia en todas las habitaciones. Despertaron a los niños; a mi me sacaron de un jalón de la cama y me arrastraron por el piso hasta tirarme sobre la alfombra de la sala. Yo seguía durmiendo. Eso me lo contaron los chicos y se burlaban. A ti ni un ejército te despierta. En plena guerra, bombas, gritos, perros muertos, árboles sacados de raíz, y tú hasta ronca que te ronca. ¿Este qué se cree, preguntó un milico, una locomotora? Va a despertar a todo el vecindario. Son las pastillas para dormir, explicó mi esposa, lo dejan como muerto durante ocho horas y feria. Son muy fuertes. Si nos las toma podría estar despierto cuatro, cinco días, desgastándose poco a poco. ¿Y usted duerme a su lado? Una se acostumbra a todo. Cuando era niña, dormía en un cuarto a sólo tres metros de la línea ferroviaria: jamás me desperté, y ¡vaya sin pasaban trenes! No dijo más. Empezó a llorar, a llorar a mares; los chicos también se pusieron a llorar; yo, en el suelo, dormido, como si me estuviera perdiendo el juicio final.

No sé cuanto tiempo después llegaron dos milicos vestidos de enfermeros con una camilla, esas con rueditas. Me subieron, me amarraron, me taparon con una sábana, como hacen con los muertos en el cine, y me sacaron de casa. No dijeron a donde me llevaban; por aspirar a portarse con militar amabilidad, un oficial se esforzó en tranquilizar a mi esposa y a los niños diciendo que sólo era un trámite, puro trámite, espérenlo, seguro llega al almuerzo. Dormí por lo menos tres horas más. Cuando me desperté estaba en una celda, sólo –aislado es la palabra correcta–, mojado como al salir del mar. No entendí nada. ¿Sería una pesadilla? ¿Qué hacía yo ahí, donde fuera ese ahí? Me pegué a la reja y grité llamando a alguien, gritando eeeeeeeehhhhh, guaaardiááán, pero nadie se dio por enterado. Finalmente, los vecinos de la izquierda, me susurraron: calla la boca, hazte el muertito, así es mejor. No sabemos porqué estás aquí ni por cuanto tiempo. Tú eres un maldito hijo de puta o te has tirado a la esposa del general. ¿A ustedes por qué los metieron? Por acusaciones falsas, infundadas, nos echan la culpa de matar no sé a quién; a él lo acusan de matar a su esposa; a este, a un empleado del banco que encontró en su cama; a este otro por matar a señorita de vida airada, y a mí por nada, no saben de qué acusarme y aquí estoy lejos de mi familia, mis hijos, mi madre… (Se entiende que ellos no hablaban así pero siempre he sido un negado para reproducir conversaciones, describir gente y manejar detalles resaltantes. El contenido es lo único que podría ser literal). Y entonces los del frente también detallaron sus delitos, siguieron los de la derecha y ya no paró el griterío desde todas las celdas. Al final entraron seis policías con porras y empezaron a golpear en cada una de las rejas pidiendo silencio, carajo, hijos de puta, maricones. Uno de ellos, al pasar frente a mi celda, me dijo en voz baja, ya avisaré que estás despierto. Vete al fondo. Y volvió a reinar el silencio. A la hora del almuerzo no hubo bandeja para mí. Disculpa, pero nadie dijo que había otro más: sacó un pedazo de pan del bolsillo y me lo tiró. Después te mandó whisky, ¿en las rocas, no? (Creo que todo esto me lo estoy inventando, las conversaciones y las exclamaciones de los presos, pero recuerdo más el ambiente que las palabras y los gritos).

Serían como las siete de la noche, a la hora en que pasaban con la cena, cuando llegaron tres marines y me condujeron a la oficina donde estaba sentado un capitán naval. ¿Se preguntará qué hago yo aquí? Habló más de quince minutos sobre sentimientos patrios, la necesidad de salvaguardar el territorio nacional, las conjuraciones contra el gobierno establecido, manipuladas por el oro de no sé dónde, y la belleza de la libertad, la paz y la democracia. Me imagino que yo lo miraba con cara de asombro, pues concluyó su discursito diciendo que ya veía que había entendido tanto su posición personal como la de todo el país. Yo asentía con la cabeza. Pasando a mi caso individual, dijo que sólo me habían detenido para hacerme unas preguntas, para que les diera explicaciones sobre la situación, que tendría un trato especial, y que seguramente comprendía las razones de tenerme en una celda a solas rodeado de ladrones y criminales, gente de mal vivir, etcétera, etcétera y etcétera. Antes de que me sacaran, le dije que no había comido nada en todo el día. Se rió, una buena salida, comentó prendiendo un cigarrillo, de esos de una cajita de lata, verde con azul, ingleses, creo.

Me dejaron en mi celda. La lona que servía de cama tendría como mucho su metro de ancho, su metro y medio de largo y un foco de luz, prendido toda la noche sobre la supuesta cabecera. Estaría a cincuenta centímetros del suelo. Sí, claro, claro, me fue imposible dormir. Creyeron que no dormía por penitencia, por mis remordimientos, porque me cagaba de miedo. No me dormía porque no tenía pastillas; mi castigo era un insomnio prolongadísimo. Estos nervios se ajuntaron a mi sinrazón por la que estaba metido en una celda, en la cárcel, obligado a escuchar el discursito de un capitancito de mierda. El segundo día también me dejaron sin comer, prohibido jefe, susurró mientras me tiraba un pan completo, igual de duro al del día anterior, lo roí por supuesto, me supo a gloria. Los vecinos y los del frente me tiraron la mitad de sus panes en plan boleo, porque le habían metido algo de sus platos: tallarines o pedazos de manzana. Ninguno se me cayó al suelo (estaba tan rendido que creí atribuí el mérito al del envió y no al de la recogida) Me sentí emocionado por la solidaridad carcelera. En la noche pasó igual, sólo que con frejoles y pedazos de arroz con leche… Me los comí sin asco y agradeciendo de tener algo por lo menos que meterme al estomago. Cuando se apagaron las luces, seguí despierto, escuchando los gritos, los ronquidos, las lisuras y las frases angustiadas pero incomprensibles de lo que podría denominar, entre comillas, mis compañeros de cárcel.

 

Desde ese día, como rutina, me conducían a escuchar al capitancito dos veces por día: cerca del mediodía, entre las once y las doce; en las tardes, a las seis clavadas. En nuestra segunda charla, es un decir, me recibió con la sonrisa de quien hace un favor: le he traído cigarrillos, dijo mientras me alargaba tres cajetillas de Inca. Iba a decir no fumo, pero recordé a mis compañeros y me los metí al bolsillo con una sonrisa. Fúmese uno si quiere; sonreí como respuesta. En ese momento se levantó del sillón del escritorio y comenzó a dar pasos largos en torno a mí y de la mesa. Al principio lo seguí con la vista, pero a la tercera vuelta me quedé paralizado. Ni atención, ni sonrisas. Me acordé de esa novela, Fontamara, de título, de Silone. No seré literal, pero en un momento se presentan militares o burócratas fascistas para levantar un censo de las inclinaciones políticas de los campesinos. Al darse cuenta que de política no sabían nada, cambiaron la pregunta a ¿viva quién? Cuando se corrió la voz, todos se esforzaron por acertar con la respuesta. Entonces el viva quién obtuvo respuestas como Viva la Virgen María, Viva san Bernabé, Vivan los gallineros, las vacas, mi esposa Recodatta, los hijos del alcalde, Viva Garibaldi, Viva el Milán, el Torino, la Asunción, el cura… Y así siguió la cosa hasta que se hartaron y se fueron del pueblo censando que todos eran fascistas (¿o sería anarquistas?). Pues igual. Yo no acerté en el viva quién en las preguntas que me hicieron, después me mantuve en silencio mirando al frente, sin decir esta boca es mía, como una piedra. A la media hora tocó un timbre y vinieron dos guardias y me llevaron a mi celda. Por la tarde fue igual. Ya me servían el rancho y yo repartía cigarrillos Después de la cena, al apagarse las luces, yo repartía cigarrillos a diestra y siniestra: todos pudieron prenderlos.

El quinto día por la tarde, el capitán se mostró más amable que de costumbre y me preguntó si era consciente del trato especial que me daban de acuerdo a sus instrucciones. Asentí con la cabeza, sonreí y dije gracias. No sé porqué agradecí, qué. Pasada la media hora, en que me informó de todo tipo de noticias de actualidad (incluso del triunfo de la U sobre el Sport Boy por 4 a 3, con grandes goles de Terry y de los compadres Valeriano y Barbadillo), me pidió a acompañarlo –sígame– porque quería conocer mi opinión. Antes de salir del cuarto, de esa oficina de mierda, un guardia me dio una casaca de cuero y un gorro deportivo. Me puse ambas cosas.

Caminamos por unos corredores más oscuros que iluminados, en penumbras, con paso lento y seguidos por dos guardianes armados. Finalmente entramos a un cuartucho muy iluminado. Me hicieron sentarme en un rincón, me pidieron que bajase la cabeza para que no me reconocieran. El capitán se sentó en una silla frente a una mesa donde habían dos maletas de madera con las tapas levantadas. A los cinco minutos de tensa espera –¿qué será esto?, ¿qué mierda será esto?–, entraron tres guardias llevando agarrado al medio a un tipo encapuchado. Lo sentaron en una silla, mirando hacia el capitán y hacía mí. Con esposas le inmovilizaron los brazos y las piernas (muñecas y tobillos). El asunto consistía en sacarle los nombres de los integrantes de su célula. Con buenas maneras, es decir, sin alzar la voz pero nervioso, contestó que no conocía a nadie, que por eso justamente se llamaba clandestina, y que además el no militaba en ningún partido político, ni siquiera votó en el último referéndum, que su bisabuelo fue el único sobreviviente del Huáscar, y que el amaba a su patria y respetaba al gobierno elegido democráticamente o como sea. Durante media hora le hicieron de todo: golpes, todo tipo de insultos y groserías, burlas y carcajadas en los gritos de dolor, sacarle uñas a lo bestia, sumergirle la cabeza en un balde de agua, darle toques de electricidad, extraerle los dos dientes delanteros de arriba –claro que sin anestesia-. Cuando le rompieron con un martillo los dedos meñiques de las manos y los pies, yo me levanté y vomité. El capitán, con un gesto, sin voltear la cara y sin despedirse, ordenó mi regreso a la celda. No supe quién fue el torturado. Al principio le vi la cara normal, pero la imagen que me quedó fue la de su cara destrozada, sangrante, hinchada, amoratada, la nariz rota, y en los ojos dos ranuras por donde seguramente no conseguía ver nada. Hasta el día siguiente no me pidieron la casaca y la gorra. Yo esa noche lavé mi ropa: estaba cagado, orinado, con la camisa y la casaca empapadas del vómito. Como de costumbre, no logré dormir y me moría de frío: estaba desnudo, completamente desnudo, salvo la gorra deportiva del Municipal que no me quité de la cabeza. (835)  

 

Mi esposa vino a visitarme el lunes. Me trajo comida, una muda de ropa, que me cambie ahí mismo, delante de ella y de los guardias. El día anterior se había cumplido el mes desde mi detención. Todos los días ella iba puntualmente donde el alcaide, un insignificante abogado penal, quien durante veintinueve días la recibió muy amable, y le negó el permiso de visita por no estar aún aprobado por la superioridad. Para ella fue peor que una tortura: continuaba buscando el permiso pero cada vez con menores esperanzas de obtenerlo. La misma noche que me detuvieron, ella despertó por teléfono a Leopoldo y a Cirito para que me ayudaran. Todos los días, al terminar su jornada laboral, pasaban por casa para informar a mi esposa de la marcha de las gestiones. Siempre fueron optimistas, en ningún momento disminuyó el convencimiento de lograr mi libertad. Presentaron decenas de recursos en diversas dependencias oficiales, hablaron con magistrados civiles y militares, y, gracias a las amistades, con unos doce generales de las tres fuerzas militares. Además, desde ese día, podrían visitarme con absoluta libertad, y sólo con la mención de mi nombre a la secretaria del alcaide. Ya era algo positivo, estimaron Leopoldo y Cirito. Mi libertad estaba cada vez más cerca. Pero no cuentes nada.

El capitancito se pasó dos días sin llamarme ni interesarse directamente por mí. Las diarias visitas de mi esposa a las diez de la mañana, pintaban de otros colores el resto del día: comida, libros, algo de dinero, medicinas, noticias de los chicos, las ganas de vernos pronto. Después del mediodía, venían amigos. Claro, Cirito y Leopoldo en primer lugar, para darme ánimos y convencerme de mi próxima y casi inmediata salida. En su tercera visita les pedí que sólo vinieran una vez a la semana, alegando sus ocupaciones y el tiempo innecesario que perdían por culpa mía. Leopoldo acertó con la broma optimista: entonces ya no te veremos más… bueno, te veremos en tu casa. Las tres veces me trajeron cigarrillos y una caja de Sublimes (Leopoldo) y una caja de Frunas (Cirito). Después empezaron a llegar esposas de los amigos, trayéndome saludos, dulces, libros, más cigarrillos. Todas tenían el optimismo necesario: la idea generalizada de darme ánimos y tratar de convencerme de que mi salida era ya casi inmediata. Yo siempre sonreía. El capitancito volvió a su rutina de mañana y tarde como si no hubiera pasado nada. Cuando traté de hacer un comentario sobre las torturas que me hizo ver, de inmediato cambio de tema. De eso ya hablaremos después, dijo. Ese día, antes de mandar que me llevaran a mi celda, me dijo en voz baja: ya estará usted dándose cuenta de la dimensión e importancia de mi protección. Moví la cabeza asintiendo.

Mi trato con mis compañeros vecinos de celda se modificó radicalmente. Nuestro trató era más frío. Les resultaba una situación muy privilegiada el de cada hora, más o menos, vinieran a buscarme anunciando a gritos, Visita a Tola. A mi regreso repartía lo que me habían traído, sobre todo los cigarrillos: ya podía dar un paquete por celda cada día. Mi radio de acción era ahora tres celdas frente a mí y las dos vecinas. Eran muy amables, muy agradecidos, pero de alguna manera notaron que mi situación era distinta a la de ellos. También me daban recados, que yo debía memorizar y dárselos a mis visitas: saludos; pedir que les trajeran algo el domingo, día oficial para las visitas; encargar que hablaran con alguien sobre el proceso y su libertad; preguntar por los hijos y los padres; cosas así. Yo trataba de retener todo, pero no dudo de haber pasado algún nombre equivocado o un número de teléfono con números traspuestos o correspondientes a otros amigos o familiares del preso que me lo encargaba. El carga montón fue los primeros días; después ya no tenían cosas que pedir, sólo lo mismo, infatigablemente lo mismo.

Un día, antes de clarear el día, me despertaron tres marines de punta en armas -bueno, de punta en blanco para sus profesiones-, y me llevaron al despacho del capitán para que me pusiera una especie de mameluco, una casaca de las fuerzas aéreas, un casco de ciclista o motociclista, sin cubrirme la cara, unas botas, guantes y anteojos negros. Me llevaron a paso ligero –eso dijeron- hasta un helicóptero estacionado en el patio de la cárcel o de la casona. Subí. Me hicieron sentar y como a los cinco minutos llegó el capitancito, subió, me dio un golpe en el casco y me dijo así aprenderá… lo estoy fogueando.

Como al cuarto de hora, aparecieron en el patio diez presos rodeados por ocho marines con la metralleta apuntándolos. Traían esposas, los pies encadenados, una cara de susto y tres o cuatro estaban meados. Los pusieron a todos en fila de espaldas a mí. Sin duda eran obreros, diría yo por las manos callosas y uñas partidas. Las manos del más próximo a mí, estaría a unos veinte centímetros de mi cara. El helicóptero alzo vuelo y los encadenados comenzaron a insultar a los presentes, a la fuerzas armadas del país, a un cierto sargento Cubillas, a rezar, a pedir perdón, a asegurar que eran inocentes, uno dijo: yo les diré todo lo que quieran, no me boten… y entonces, enganchando un pedazo de riel a las cadenas de los pies, tiraron al primero. Cuando lo vi de perfil, noté que su cara destrozada a golpes la tenían limpia, sin sangre, pero destrozada. Como por encanto, se acabaron los ruegos y se entró a los insultos, los retos y las amenazas: si pudiera resumir lo dicho antes de que los tiraran del helicóptero al mar, diría que lo más fuerte era la seguridad de que serían vengados por la revolución… esa era la esperanza previa a la muerte. Cuando sólo quedaban dos, el capitancito dijo, al último lo tira mi muñeco y señaló hacía atrás con el pulgar. Yo sonreí, no lo considere en serio, sería unas de sus bromas. Cuando el último ya estaba con su riel enganchado en los pies, un marine me levantó de un jalón, y me dijo, ¡empuje! Yo me volví a cagar y a orinar. Todos los marines, y el capitán, comenzaron a gritar en coro, marica, marica… el décimo me miraba y me decía sí con la cabeza. La voz del capitán dijo si no lo empuja, empújenlos ustedes, a los dos, los dos al agua. Un hijodeputa que estaría tras de mi, me empujó violentamente, yo choqué contra el condenado, y un marine me agarró y me jaló para adentro. Yo lloraba a mares y apestaba como si fuera un chuiquero andante. Cuando regresamos y me hicieron quitar toda la ropa, me llevaron a un cuarto donde me bañaron con una manguera de presión que me tiraba al suelo si pretendía levantarme… me hicieron vestir con una muda limpia, sin calzoncillos y sin calcetines, y me mandaron a mi celda. Afuera estaba el capitancito: todos tenemos ahora las manos sucias, profesor, me dijo con voz cachacienta. Mis custodios me empujaron y así me volvieron a encerrar en mi celda. Ese día no tuve visitas. Creo que no paré de llorar, ni siquiera cuando me dormí con tres nembutales adentro.

 

Al día siguiente, como a la una, vino un medico, me examinó, y me puso una inyección. Con esto dormirá, me dijo guiñándome un ojo. Cuando salía murmuró como si hablara con los dos guardias: a este tipo le han roto los nervios. Me dicen que continué llorando, no sé. Dormí dieciocho horas, y sé que me desperté llorando, al menos eso fue lo que me contaron los vecinos de celda. Mi llanto no era de lagrimitas, sino de lagrimotas y quejas adoloridas. Algo insoportable, parecía una película de fantasmas, me dijeron. Al tercer día me volvieron a llevar al cuarto de la manguera a presión y me bañaron con agua fría. Me trajeron la ropa con la que entré, lavada y planchada, y me llevaron, llorando, a la sala de visitas. Ahí estaba mi mujer acompañada por Leopoldo y Cirito. Ya estás en libertad. La orden de salida llegará en cualquier momento. El mismo general Oliveira firmó el documento. Yo me quedó, y ellos se van a cumplir otras instancias. Traté de sonreír, no sé si pude. Te llevaremos a la Clínica Americana apenas salgas. Leopoldo hizo un gesto y los dos guardias me llevaron de nuevo a mi celda. Me tiré sobre la lona y me dormí. Cuando me desperté estaba en una habitación. Dos enfermeras me lavaban con esponjas. Era un hospital, la Clínica Americana. No dejé de llorar, recién al día siguiente me sedarían, primero debían hacerme exámenes de todo, desde el último pelo de tu cabeza hasta la última uña del pie. Todo estaba bien. Sólo necesitaba reposo, un largo reposo. No le conté a nadie lo del helicóptero. Una semana después salía del hospital. Los chicos me esperaban en la casa, no habían ido al colegio para verme llegar. Dos horas después, un jep de la guardia presidencial nos llevó a todos hasta la escalinata de un avión de Iberia. Nos fuimos a Barcelona: tenía una beca, pasaporte diplomático, pasajes pagados en primera y autorización de la junta militar para volver cuando quisiera. Me convertí en un parche para tapar su mierda, me compraron como se dijo en voz baja y una vez me lo gritaron en la calle. Cinco años nos quedamos en Barcelona. Mi esposa y los chicos aprendieron a hablar catalán, yo no, no me pregunten por qué. El motivo debe ser el mismo por el que no hablo inglés, francés o italiano, y tampoco chino, japonés o quechua. ¿Me faltó ese gen?