EL DEBUT EN HUATICA

 

No lo tengo muy presente pero a veces me vienen imágenes.

Tendría quince años, estudiaba en un colegio militar y era el más tonto de cuantos en ese momento comíamos cebiche, bistec con arroz y plátanos fritos, bebíamos cerveza, fumábamos como murciélagos o chinos viejos.

Debió ser un sábado; tal vez habríamos estado en una fiesta o en una pelea de gallos.

De pronto alguien -¿Concha, Varela, Quispe?- dijo: ¡vayámonos de putas calientes!; entusiasmados respondimos síiíííííí, dando gritos y saltos de alegría (yo también, por supuesto).

¿Loquito, ya has cachado? ¿Loquito, te gustan los tres platos?

Reíamos a carcajadas, hacíamos toda clase de bulla, fumábamos y nos empujábamos de puro nerviosismo.

Huatica era nuestro destino.

Llegamos y, joder, eso parecía la procesión del Señor de los Milagros.

Negros, cholos, marineros, soldados, chiquillos maleados, drogatas, borrachos, sirvientes, camioneros, albañiles, estaban amontonados, caminaban a pasitos cortos, levantaban la cabeza para mirar, patita del alma mía.

Se veían largas colas ante unas puertas bajas de madera coloreada.

Huatica era un inmenso ciempiés.

Al tuntún, abriéndonos paso a codazos, nos formamos en una fila.

Se abría la puerta, entraba uno, salía otro, y así pasaba el tiempo, los minutos, las horas.

Sólo se veía entrar y salir gente.

El próximo éramos nosotros, uno de nosotros.

Claro, el idiotita.

Se abrió la puerta y me empujaron dentro.

Cerré la puerta.

Era una habitación de dos por seis metros, al fondo un catre con un colchón cochambroso y unas sucias sábanas revueltas, llenas de medallas de combate.

Sobre eso, echada, con las tetas tapadas, la chucha al aire y un peinado a lo María Antonieta, una puta gorda, chola, marcada de viruela, fea, muy fea, mascaba chicle.

-¿Blanquito, cachas?

Sonreí acojonado.

¡Eso era una puta, una auténtica puta!

-Sácate la pinga, pon la luz en la mesa.

Me abrí la bragueta: me costó trabajo encontrarla y sacarla.

-¿Muerta, eh?, me dijo levantándose para agarrarla con sus manos regordetas, de uñas pintadas de violeta, carcomidas, y sin decir nada, la jaló como si fuera de goma hasta una palangana de agua tibia, donde la lavó, enjabonó y después le dio su lamida.

En ese mismísimo instante se escuchó un ruido, una patada en la puerta y apareció un cholazo cruzado con negro; sin aviso previo la agarró a bofetadas, ella cayó al suelo, gritó, se retorció mentándole la madre, el otro la siguió insultando y le soltó una fuerte patada en el vientre.

Yo, calladito, pegado a la pared, hecho sombra, milando, sólo milando.

El tipo, dejando una retahíla de insultos y groserías, se fue.

Ella se levantó en otro mundo: lo vi en sus ojos y en sus gestos.

Me miró ida por completo.

Dijo:

-¡A trabajar, blanquito! ¿Y tú? ¿Nada, eh, blanquito? ¿Debutas, niño? Ese fue mi marido.

Intenté una sonrisa más muerto que vivo.

-¿Cachas con jaula o calato?

Se echó en la cama, se acomodó, abrió las piernas y me dijo, métela.

Me agarró de la mano y me jaló sobre ella.

-Nada, bebé.

-Hoy no la pierdes, carajo.

A los dos minutos dijo:

->Guarda el pájaro y vete con mami.

Me puse de pie y la miré.

Mascaba chicle, babeaba, medio atontada.

Con un hilo de voz le dije:

-Señora puta, ¿cuánto le debo?

-Puta será tu madre, cojudazo -y se levantó furiosa.

Abrí la puerta; de un salto estuve en medio de mis amigos y a dos kilómetros de Huatica.

Ellos se rieron, me palmearon, me preguntaron, se burlaron.

Yo sólo decía, genial, genial.

Fuimos por más cervezas y me dijeron, cuenta, cuenta, loquito.

Era la estrellita de la noche.

Genial, genial, repetía con grandes sonrisas, haciéndome el interesante.

Mira, entras, te la lavan con jabón, te dan una buena chupada para ponértela al palo.

Calatos, claro, los dos calatos, la puta y yo, claro.

Después la empujas a la cama; mientras la besas, le abres las piernas para metérsela lo más al fondo posible, haciéndola gritar; después agarras un ritmo, le machucas las tetas y sigues así hasta la vaciada total.

Y en ese momento saltó el conejo del sombrero.

Y no es por hacerme el sobrado, la puta se lo pasó en grande. No quiso cobrarme –saqué mis diez soles del bolsillo, moviéndolo para que lo vean bien-, me dijo regresa cuando quieras, papito (me reí a carcajadas, burlón); se llamaba Sisi y estaba de la puta madre.

Eh, chino, más cervezas, Sisi invita, y le di mis diez soles con un nudo en la garganta.

Nunca más volví a estar con una puta.