LA SETA

 

Esto que te voy a contar es la purisima verdad. Me pasó a mí; no hay pues intermediarios para deformar los hechos. Sí, quizá el pudo engañarme y soltar un cuentanzo, pero no habría motivo para ello. Y si resulta siendo un cuento, pues la historia en nada se modifica. A mi me entretuvo y escuché todas las palabras sin perderme una. Escúchame.

 

Era un vuelo en avión, de Miami a Madrid, a mi lado tenía a un portugués con el que conversamos antes de la película y seguimos hablando después. Padecíamos el mismo mal: no poder dormir sentado y menos aún en avión. Y entre whisky va y whisky viene, poco antes de aterrizar dijo que me haría una confidencia, y se soltó con esta historia:

“Una noche, conversando con mi madre, me dijo: tú no has tenido ni madre ni padre. Tampoco hermanos, tíos, abuelos o cualquier parentela. Eres como un producto natural: igual a una seta.

Una vez te oí gritar, pues eso no era llorar, en un terreno baldío que había cerca de casa, y te recogí.

Te voy a decir más.

Había parido hacía pocos días y el bebe se me murió.

Se ahogó con su propio vomito mientras dormía en su cunita.

Cuando en la madrugada fui a levantarlo para que bebiera su leche, estaba verde, no blanco, sino de un espantoso color verde.

Lo envolví en una de sus colchas y salí a caminar llevándolo conmigo.

Quería hablarle a solas sin ser escuchada: era algo entre él y yo, nadie más.

Serían como las cinco de la mañana, aún estaba todo oscuro, hacía frío, flotaba esa bruma húmeda que jamás desaparece y que te empapa hasta los huesos.

Lo junté bastante a mí y al llegar al parquecito de aquí cerca, me senté en una banca de frente al mar, esa que esta a un metro del barranco.

Y le conversé para que no se fuera sin saber lo que significaba para mí y la terrible desgracia que traía a casa con su muerte.

Habré estado cerca de tres cuartos de hora hablándole y hablándole, con paciencia, llorando a ratos, modulando las palabras para que me entendiera.

Cuando ya no tuve más que decirle, lo volví a arropar, lo estreché fuerte contra mí, e inicié el regreso a casa, buscando mentalmente la mejor manera de anunciar la desgracia que nos había caído encima, y fortaleciéndome a la vez para no revelar mis sentimientos al decirlo.

De pronto te escuché gritar, gritar como con rabia, rabioso, como si estuvieras insultando al mundo.

No me imaginé que fueras un niño recién nacido.

Más bien me imaginé un animalito herido.

No sé por qué tuve curiosidad y me acerqué despacio a ver qué era el que injuriaba al mundo con tanta furia.

Bueno, y te vi ahí tirado entré la basura.

Estabas calato, completamente calato, envuelto como un tamal en un papel café, de esos que se usa para empaquetar cosas corrientes.

No tenías una nota, no traías una medalla o una pulsera; care–cías de cualquier detalle útil para identificarte más adelante o al día siguiente.

Ni siquiera pañal tenías.

Me llené de lágrimas.

A mí se me escapaba un hijo y otra persona tiraba al suyo para hacerlo morir en un basurero, ¿te imaginas el contraste?

No me preguntes qué pensé, qué sentí o por qué lo hice.

Simplemente, sucedió.

Te levanté, desnudé al niño muerto encima del papel de envolver, te vestí con su ropita, te cubrí con la manta, y te traje a casa.

Sé que quizá hice mal en dejar a nuestro hijo en el basurero.

Pero el estaba muerto y tu vivías.

Nada publicaron los diarios, y si lo publicaron no lo vi.

No sé si alguien notó que habías cambiado: quizá tenías la piel de un color más blanco, pero el resto no era tan diferente como para poner el grito al cielo.

Todos los niños son iguales, diga lo que diga la gente.

Nunca dije nada, y te traté exactamente como si fueras el niño que se había ido.

No salí de casa en una semana.

Me sentía mal, estaba muy nerviosa, vomitaba constantemente y comencé a desmayarme en los momentos más inesperados.

Tu padre se asustó y el médico advirtió del peligro de afectar al niño.

A los pocos días salimos para España y regresamos un año más tarde.

Nunca le he contado esto a nadie.

Ahora he creído que tú deberías saberlo.

No se porqué, pero me pareció justo decírtelo.

Y te ruego que jamás digas nada.

No se lo cuentes a nadie.

Además no te creerían.

Todos te encuentran un gran parecido con mi abuelo, tu bisabuelo.

Y ahora vete porque ya tengo la presión baja y me llegará un terrible malestar general, que me pondrá de un humor espantoso.

Vamos, dame un beso y a volar, joven.

 

Esta delirante y estrambótica revelación debió afectarme subjetivamente, pero la verdad es que jamás llegué a aceptarla como cierta.

Mi madre era propensa a este tipo de bromas y durante su vida inventó tantos esperpentos similares que no me costó el menor esfuerzo atribuir la historia a una de esas intempestivas visitas de las musas.

Con los años fui enterándome de casos parecidos.

Eran cientos las historias que corrían sobre recién nacidos abandonados en las puertas de gente rica, o regalados o vendidos a padres estériles o dejados en la calle e incluso, en la versión más tercermundista, tirados en basureros.

La literatura y los periódicos estaban llenos de historias de esta naturaleza y por ese motivo, supongo, nadie se extraña, y se mira como algo normal que muchos niños se inventen fantasías sobre sus verdaderos padres y se imaginen descendientes raptados de reyes, príncipes, millonarios o personas destacadas de la vida social, económica, cinematográfica, musical y, en estos tiempos, supongo que hasta deportiva.

Podría traer de ejemplo muchos casos, pero me limitaré a contar el primero que me dejó una débil duda sobre la probable ficción de lo revelado por mi madre.

 

Tendría ya unos diez y seis años y me encontraba en París pasando el verano en casa de una familia amiga, cuyos tres hijos rondaban mi edad.

Las primeras semanas fueron ocupadas durante el día por paseos turísticos a lugares históricos, museos y catedrales, y por las noches me introdujeron a lo que se solía llamar la vida disipada de nuestros abuelos.

Un día en que los ajetreos nocturnos fueron excesivos, al día siguiente preferí quedarme en casa, y al atardecer, soñoliento, saqué de un estante de la biblioteca un libro encuadernado en preciosa piel granate que al abrirlo leí que se titulaba Produits de la civilisation perfectionnée, de un tal Chamfort, a secas.

Sin duda un error de elección.

Lo empecé a hojear y resultó lleno de máximas, frases ingeniosas, breves anécdotas, todas burlescas, irónicas y agresivas contra la sociedad.

Lo estuve leyendo a saltos durante unos largos minutos y luego me adormecí.

Al despertarme, pedí permiso para llevar el libro a mi habitación.

En la noche, en pleno insomnio por la siesta retrasada, leí el prólogo biográfico sobre el autor.

Había nacido en Francia, en 1741, hijo de una señora de la baja nobleza y, al parecer, del canónigo de la Catedral de Clermont.

La madre, temerosa de la condena social por el hijo ilegítimo, al dar a luz lo entregó al tendero local, cuya mujer lo aceptó en discreta adopción como remplazó del recién nacido que se le acababa de morir.

Recibió el nombre del muertito: Sébastien–Roch Nicolás.

Al cumplir los ocho años, su madre biológica le reveló la verdad de su nacimiento.

Desde entonces se empeñó en llevar el apellido del marido de ella, Chamfort.

La biografía, fascinante, continuó.

De inmediato me identifique con él y acepté a regañadientes la posibilidad de ser hijo de nadie, como me dijo mi madre, una seta.

Y me convencí aún más al saber que Chamfort era guapo, encantador, ingenioso, astuto y un estupendo amante.

Cuando terminó el verano, me olvidé de todo.

Solo años más tarde recuperé a Chamfort.

 

Me hubiera gustado conversar con mi padre sobre el tema, pero él se nos escapó unas semanas antes de que yo cumpliera seis años.

Simplemente desapareció.

Al principio se pensó que lo habían raptado pero nunca hubo alguna nota o llamada pidiendo dinero a cambio de su vida; después se pasó a la sospecha de que podría haber sido asesinado, pero cuándo, cómo, dónde, y, lo peor de todo, por qué y para qué, desprestigiaron la hipótesis; a los dos meses se tuvo que investigar la sugerencia de la tía Marcela, descartada desde el principio por improcedente: que mi padre se fugara con alguna fémina.

Se examinaron antecedentes y se controló a todo el personal de las oficinas y los laboratorios que perteneciera al sexo femenino, sin excepciones por el estado civil o la edad.

También se las interrogó, bajo sospecha de asesinato, pero todas, sin excepción, juraron no haber visto jamás a mi padre, lo cual levantó en los detectives aún más sospechas sobre él y sobre el personal femenino de la empresa.

Enrique Alberto, aunque intrigado, aclaró este malentendido explicando que su hermano llegaba antes que cualquiera, subía desde el estacionamiento hasta su oficina por el ascensor privado, y sólo bajaba para irse en su coche a altas horas de la noche.

Los de la guardia de seguridad reconocían el carro de mi padre, aunque nunca lo vieron debido a los vidrios oscurecidos; claro que sabían quién era, y además ya estaban acostumbrados a verlo entrar y salir sin identificarse ni dejarse ver.

Esta sorpresiva condición de invisibilidad de mi padre resultó ser fortuita y llamó la atención a toda la familia.

Los detectives buscaron alguna pista relacionada con elementos femeninos ajenos a la empresa, pero se descartó casi de inmediato por el tipo de vida, y la regularidad de horarios y actividades que acostumbraba desarrollar.

La última posibilidad que se barajó fue la de haberse ido a vivir al extranjero, pero en ninguna frontera figuró registrado su nombre, ya sea por mar, tierra o aire.                      

En casa, como es de suponer, mi padre se convirtió también en una palabra inexistente.

Dejó de hablarse de él y de su participación en la estructura familiar.

A veces era como un fantasma que comenzaba a materializarse, pero al que siempre una entrada de luz lo obligaba a refugiarse en la nada.

Para un niño de seis años –en verdad, de cualquier edad– la figura paterna es prescindible.

Según los psicólogos su ausencia en el desarrollo del niño podrá crear complejos, desniveles anímicos, acentuación de angustias y desequilibrios emocionales, pero, creo, idénticos resultados pueden producirse con su presencia en la vida familiar.

                  

Más tarde llegué a enterarme de que en diversas ocasiones ha– bían llegado comentarios de personas amigas de la familia, asegurando haber visto a mi padre en diferentes ciudades europeas u orientales, pero sólo de lejos, durante un breve instante, y sin haber logrado cambiar con él ni siquiera un ligero saludo.

Mi madre, me dijeron, fue absolutamente descreída de estos fantasmales vislumbres, pero mi abuela, en un par de ocasiones, contrato los servicios de reputadas agencias investigadoras para que lo buscasen por el mundo.

Aparte del gasto descomunal de dinero y de las esperanzas fallidas de mi querida abuela, los resultados fueron decepcionantes en toda la extensión de la palabra.

Con el tiempo, como es natural, la inexistencia de mi padre fue transformándose en una situación normal, asumida por todos, menos por mi madre, quien, en situaciones perentorias, había convertido “canallita” en el sinónimo de la susodicha palabra.

(Como anécdota marginal debo agregar que cuando cumplí quince años, recibí de regalo, por correo y sin remitente, un grueso ejemplar de los mejores cuentos del mundo, no recuerdo si de Selecciones o de Menéndez Pidal, que incluía “Wakefield” de Nathaniel Hawthorne. El cuento me pareció excelente, pero mi madre no quiso leerlo ni volver a oír hablar de él. Semanas más tarde me enteré que el libro fue un obsequió de una compañera de colegio, poco después mi primera y virginal novia. Nunca creí que mi padre fuera Wakefield. Ni siquiera un instante, pero fue un buen motivo para referirme a mi madre llamándola “la señora Wakefield”, cuya significación era, a Dios gracias, de reconocimiento restringido).”

La historia terminaba así, de sopetón. Contó que el avión aterrizó en Madrid, y que ellos se despidieron pues tomaban diferentes enlaces: el portugués a Lisboa y yo a Roma. Nunca más volvieron a encontrarse y la historia, por cierto, la olvido por disparatada. Pero un día, sin saber cómo ni porqué, la recordó casi literalmente y después de contarla varias veces se la apropió y comenzó a contarla como si fuera su propia experiencia. Los que lo conocían sabían que era un cuento, pero quienes no sabían nada de su familia, creían la historia y lo miraban desde entonces con ojos como platos, como si se hallaran ante un fenómeno de la naturaleza o de un fenómeno de feria, lo cual tampoco le molestaba. Me decía, bueno, ¿por qué no?, y se reía.