1. Él siempre se vanaglorió de tener un tío extravagante, el hermano mayor de su madre, el cual actuaba simultáneamente de antropólogo y de ciudadano inglés.
Tenía dos ideas en la cabeza.
Una, estrambótica, sobre el origen de la humanidad, surgida en la sierra peruana, según sus creencias; y otra, más plausible, sobre la coexistencia de diversos tipos de homínidos y la reproducción mestiza, con diferencias de escalones de evolución en los resultados de la procreación.
Su vida la dedicó a demostrar estas dos hipótesis fundamentales.
Había seguido cursos de postgrado en Francia, Inglaterra y USA.
Era amigo de los Leakey, y sonreía cuando hablaba del famosísimo Richard, uno de los hijos, el más famoso, con quien compartió aventuras en la juventud.
Mandaba artículos a revistas especializadas, pero sólo le habrán publicado una decena de ellos.
De manera doméstica editó monografías probatorias de la veracidad de sus tesis, llenas de fotografías.
En su casa tenía dos inmensas salas con mesas cubiertas de vidrio, llenas de fósiles calificados, con certificados de carbono 14 y descripción del lugar y profundidad donde fue hallado.
El más importante, decía, era el esqueleto reconstruido de un homínido, al que atribuía una antigüedad de diez y siete mil años, datación muy superior a la otorgada a los indígenas de América (4 o 5 mil años).
Su afán consistía en hallar fósiles homos de por lo menos cien mil años, con los cuales evidenciaría la posibilidad de situar el origen del homo sapiens en los Andes y no en África.
Otra de sus intuiciones también resultaba interesante: la llegada de los neandertales a América, donde continuaron evolucionando, formando así un mestizaje paralelo del homo sapiens.

 

2. Una explicación de su tío acerca de la evolución, le gustaba mucho. Decía así: De acuerdo al registro fósil, el neandertal era el único homínido (nehomo sapiens neanderthalensis) habitando el planeta.
Esto aconteció durante un tiempo calculado entre cien mil y cuarenta mil años, que es cuando se produce su extinción.
También hace cuarenta mil años se concretó la separación de Pangea, quedando los continentes casi en la posición que tienen en la actualidad.
Al tío le costaba aceptar eso del “único homínido sobre el planeta.”.
Estaba absolutamente convencido de la permanente convivencia de diversos tipos de homínidos y también en lo que él llamaba el continuo “mestizaje evolutivo”.
Decía: si hace unos años existían, por lo menos, tres tipos de homínidos en el África, ¿por qué dudar de la existencia de diversos tipos de homínidos coexistiendo durante miles o millones de años en los cinco continentes, si esa probabilidad es la más factible? 
Ellos, los neandertales (y sus primos), se dispersaron por los continentes -o quedaron aún más aislados por la separación de Pangea-, instalándose de manera definitiva en Europa, en el Oriente, en Asia, en América y en Australia.
En su opinión, nunca hubo una extinción radical de los neandertales, sino más bien, sesenta mil años de evoluciones paralelas producidas en los diferentes continentes, con alteraciones mínimas, pero notables, de sus características físicas y en su cultura.
El tío decía: sitúa, uno al lado de otro, a un poblador de cada continente: un blanco, un indio, un chino, un negro, un australiano: todos son homos, de la misma especie, pero desde cualquier punto de vista, diferentes, no sólo a nivel de piel, sino también en constituciones óseas, en maneras de pensar, de vivir, de morirse.
Un nativo de Australia es diferente, a simple vista, de los demás, e igual pasa entre todos; somos homos, pero diferentes.
Que todos ellos pertenecen a la misma especie: no se puede dudar.
La más burda prueba es la de la reproducción: Sólo se reproducen las especies entre ellas mismas.
Un australiano puede engendrar un ser fértil, reproductivo, con cualquier homo de cualquier continente.
La conquista de América era, para su tío, el gran reflejo del modelo de extinción de los diferentes pasos de la evolución.
Los españoles encontraron en América diversos tipos de tribus, vecinas, con diferentes grados de cultura, lenguaje, alimentación, pero con muchas semejanzas e igualdades físicas entre ellas
De ese encuentro, la consecuencia inmediata fue la paulatina o radical eliminación de gran parte de esa diversidad de tipos humanos encontrados en el Nuevo Mundo, lo cual continua en el presente (la desaparición de los diversos escalones de la evolución, es un proceso lento, gradual, que igual puede durar miles de años).
La evidente y persistente desaparición de los nativos de América, así como los del continente australiano, es un proceso de extinción en marcha, y además irreversible, en especial por la debilidad innata para hacer frente a tipos humanos más fuertes, mejor armados, más evolucionados y mejor organizados.
Otro elemento esencial para la extinción es, sin duda alguna, la progresión geométrica del “mestizaje evolutivo”.
      
3. Algunas veces su tío lo llevó en las expediciones en busca de los “eslabones perdidos” de la cadena evolutiva (creía que eran varios no uno sólo).
Para él estos paseos eran una tortura.
Subíamos a los Andes, abrigados como osos polares, con unos cinco o seis indios y una docena de llamas.
Y estábamos ahí varios días, muertos de frío, desfallecientes, respirando apenas, y dando, desde la mañana hasta la noche, toques con martillitos en los lugares señalados por mi tío.
Él, entretanto, recorría los alrededores con herramientas más finas y varios pinceles.
Por lo general, estas pesquisas las realizaba en antiguos canales por donde bajaba el agua del deshielo o abrían los huaicos. No llegábamos a las cumbres; nos instalábamos a medio cerro.
Al bajar, las llamas iban cargadas de rocas y pequeñas piedras.
En su casa las limpiaba, las enviaba a datar a la Universidad de California, y las significativas pasaban a engrosar su colección de fósiles.
Jamás logré entender su razón o la mía para acompañarlo en sus expediciones: yo no le era útil en nada.
En nuestra última subida a los Andes hice lo de siempre: me acurruqué entre las llamas y abrí unos de mis libros buscando entretenerme.
A los pocos minutos estaba profundamente dormido.
La última vez, cuando al regresar nos despedimos frente a su casa; no sé el motivo, pero los dos supimos que nunca más lo acompañaría en sus expediciones en búsqueda de fósiles.
Nos dimos un gran abrazo, lo que no era común entre nosotros.
Y así fue el final de mi acompañamiento antropológico.
Incluso nos vimos ya muy pocas veces antes de su muerte.

 

4. Pero algo creí aprender de las conversaciones mantenidas durante las excursiones en que fui de acompañante (de “miembro honorífico de la Real Sociedad de Antropología e Historia peruana”, decía).
Cuando me veía aburrido, me daba a leer libros de su tema en pleno frío de los Andes.
Nada de novelas, cuentos o versitos; antropolgía.

 

5. Recuerdo haber leído algo sobre la evolución que me hizo mucha gracia y anoté en una de mis fichas.
Por ahí la he de tener: 

 

¿Sabes quién viene a cenar?

 

Johanson y Edey en su libro sobre El primer antepasado del hombre hacen una extravagante suposición:

 

Si a un neandertal se le viste con ropa de calle y se lo lleva al metro, nadie se daría cuenta. 
Si se lleva a un Homo erectus vestido de la misma manera, la gente, tal vez, lo miraría con desconfianza.
Pero si lleváramos a un Homo habilis debidamente trajeado, gente, tal vez, lo miraría con desconfianza.
Pero si lleváramos a un Homo habilis debidamente trajeado, es muy probable ver a la gente desplazándose al extremo más alejado del vagón.

 

Es decir, la figura externa del ser humano, debidamente vestida, ha tenido una variación muy pequeña en el último millón de años y, además, en los últimos cincuenta mil, el hombre no ha variado absolutamente nada, al punto que un neandertal, bien vestido, no desentonaría a miles de años de su extinción con el presumido Homo sapiens sapiens. (Yo esto no me lo creo tanto; él tampoco, sospecho).