EL ADIOS A SULTÁN

 

Cuando éramos chicos y vivimos en una urbanización cam-pestre de la ciudad, teníamos un perro collie, igual, pero en macho, a Lassie, esa perra que salía en las películas de la Metro, esa la del león que bostezaba o gruñía. Era un perro estupendo, para nosotros, era como un miembro más de la familia. Lo teníamos con nosotros desde que era casi un recién na-cido. Fue un regalo de nuestra abuela materna, así que nuestros padres no pudieron ni siquiera protestar ni decir que ellos no querían tener animales en casa, con excepción de noso-tros (era la broma clásica de nuestro padre).Cuando salíamos a jugar a la calle estaba siempre con noso-tros, cuidándonos. Si se acercaban niños no decía nada y a veces hasta movía la cola, pero se plantaba frente a los mayores, hombres o mu-jeres que venían a donde estábamos.Si algunos de los tres nos separábamos del grupo, de inme-diato armaba una bulla espantosa a ritmo de la ladridos continuos y fuertísimos; sólo se callaba cuando el que se había alejado regresaba al grupo.En la noche, sin que nuestra madre se diera cuenta, o al menos eso fue lo que creíamos, abríamos la puerta y Sultán entraba; primero se escondía debajo de una de nuestras camas y después, cuando ya dormíamos, se subía a alguna de ellas, por riguroso orden y sin repetir en nadie su com-pañía nocturna (un día tu, al siguiente el otro, y al tercero el de más allá).Un día que estábamos jugando en el parque que había frente a la casa, uno de nosotros, o algún otro chico del barrio, de un patadón lanzó la pelota a la pista, y Sultán, que siempre acompañaba al que iba a buscarla, salió co-rriendo, y justo en ese momento, el carro de un vecino que pasaba, ni rápido ni lento, lo atropelló, aventándolo a unos cinco metros de distancia.Fue un golpe feo, y aún más feo sonó el golpe del paracho-que del carro contra el cuerpo de Sultán.El papá de Jaime Pardo, que era el que manejaba, paró en seco, y bajó a ver lo que había pasado, pero para nuestra sorpresa, no fue con el fin de mirar lo que le había pasado a Sultán, sino para comprobar si el golpe había dañado su carro: estaba abollado en el lugar donde golpeó a Sultán.Después se subió de nuevo a su carro y se fue sin decirnos una sola palabra de consuelo, de rabia o de lo que fuera (quizá el más helado de todos fue Jaime, que apenas su pa-dre se marchó, él, llorando, se fue a su casa y no lo vimos hasta el lunes, en que volvió a esperar el autobús del colegio con nosotros: no dijo ni un palabra sobre el incidente-accidente, como diría Cabrera Infante.Todos los chicos, unos nueve en total, corrimos a donde estaba Sultán como muerto: no sangraba ni tenía una heri-da abierta o un hueso salido: estaba como si estuviera haciendo una siesta o, a lo más, desmayado, como aventuró Paco Salinas entre lagrimones.Mi hermano Francisco fue el primero que reaccionó con algo práctico: comenzó a masajearle el lugar donde suponía que estaba el corazón, tal como hacen en las películas; las dos manos juntas, apretando con fuerza y saliendo para repetir la presión (pero he de agregar que después del fraca-so del golpeteo en el corazón la respiración boca a boca nadie se atrevió a sugerirla).Para todos nosotros, Sultán sólo estaba desmayado. No entendíamos cómo alguien puede estar muerto de un golpe sin tener heridas por donde saliera sangre o se viera un hueso roto.La mámá de Porritas vino a donde estábamos nosotros a preguntarnos qué había pasado, y cuando vio a Sultán, soltó un grito y dijo a voz en cuello qué horror, y sin que le pudiéramos explicar nada, nos mandó a todos a nuestras casas.Nosotros tres también nos fuimos, pero sólo cruzamos la calle y nos quedamos frente al lugar donde estaba echado Sultán.De inmediato, uno de nosotros -no recuerdo quien, pero incluso podría haber sido yo-, fue corriendo y nos llamó cuando ya venía con la carretilla de plástico: ¡a recoger a Sultán!, dijo cuando nos acercamos a él.Estuvimos de acuerdo.Cruzamos la calle, después de mirar a derecha y a izquierda, y nos acercamos a Sultán.La idea era subirlo a la carretilla, pues estábamos seguros que esa era la forma más fácil -la única que teníamos en realidad- de regresar a Sultán a casa.Nunca nos habíamos imaginado que Sultán pudiera pesar tanto: entre los tres no podíamos alzarlo; lo subíamos un poco y después nos vencía los brazos.De pronto se acercó don Pancho a nosotros (era el jardine-ro de los Castro), y nos preguntó qué hacíamos (él de in-mediato se dio cuenta que Sultán estaba muerto y no quiso preguntar nada).Uno de nosotros le contestó (podría haber sido yo): mi mamá dice que lo llevemos a la casa, al jardín de atrás, a la pérgola (donde sabíamos que nadie podía vernos, ni de la calle ni de la casa); ella está llamando al médico.Don Pancho cargó a Sultán como si fuera una pluma y lo puso sobre la carretilla: la cabeza le colgaba por un lado y las patas traseras y la cola por el otro.No empujó la carretilla, como pensábamos hacer nosotros, sino que la cargó con Sultán encima, y la llevó, seguido por nosotros, hasta la mitad de la pérgola: misión cumplida, dijo al retirarse.Ninguno de los tres dudó ya de que Sultán estaba muerto, remuerto, sin salvación.Debíamos de enterrarlo y hacer un hueco en la tierra para meterlo: una tumba, pero ¿quién haría el hueco, y cuánto nos demoraríamos nosotros solos?.Alguien (quizá yo), dijo: las tumbas no tienen por qué ser en un hueco en la tierra; la tumba del abuelo está sobre la tierra, en una casita con puerta que debe abrirse con llave para entrar a rezarle.¿Dónde?¿En que lugar levantar el túmulo donde colocar a Sultán?Después de discutir varias alternativas, decidimos que lo mejor era hacerla en el corral de las tortugas del abuelo: ella ni hacen hueco ni comen carne de perro.Fuimos, entramos, escogimos un rincón, y en la carretilla llevamos piedras, ladrillos, tejas rotas que estaban desperdi-gadas en la zona de los gallineros (tampoco fueron tantas…)Comenzamos a cubrir el cuerpo de Sultán, pero algo falta-ba…-No vamos a enterrarlo así, hay que vestirlo, dijo el menor de nosotros.Los tres fuimos a nuestra habitación y del ropero sacamos un pantalón, una camisa, medias y un calzoncillo (que fi-nalmente no pudimos ponérselo).Vestimos a Sultán y recuerdo que no le quedaba a la per-fección el traje que le pusimos.Cuando ya comenzábamos a taparlo, alguno de nosotros (no fui yo), dijo que le faltaba un sombrero, que no era posible sepultarlo sin ponerle algo en la cabeza, la gorra de beisbol de papá, por ejemplo.Uno de nosotros (no yo) fue a buscar la gorra de papá y otro, ¡que buena idea!, a traer una tijera.Le hicimos una huecos a la gorra para que le entrara por la orejas, y le cortamos un poco los bigotes (fue imposible cortarle las uñas de las patas).Y así comenzamos a cubrirlo de piedras y pedazos de tejas y de ladrillos.Cuando terminamos de ponerlas, nos dimos cuente que la cabeza quedaba al aire, sin tapar: ninguno de los tres se animó a taparle la cabeza. Uno de nosotros (quizá fui yo) corrió al garaje y trajo un pedazo de plástico que había visto ahí, tapando las herra-mientas: se lo pusimos tapándole la cabeza.-A la hora del almuerzo, dijimos mientras comíamos: se ha muerto Sultán.-¿Cómo asi?, preguntó nuestra madre.-Lo mató el señor Pardo, lo atropelló.-¿De casualidad?.-Ni le importó, ni siquiera fue a ver a Sultán: se subió a su carro y se fue sin decirnos nada.-¿No dijo nada?, preguntó nuestro padre.-Ni una palabra, contestamos a coro.-¿Y dónde quedó Sultán para ir recogerlo, dijo nuestra ma-dre.-Nosotros ya lo enterramos, volvimos a contestar a coro.-¿Dónde?, pregunto nuestro padre.-En un lugar secreto, contestamos.-¡Qué horror!, dijo nuestra madre.-¡Terrible!, dijo nuestro padre.Y sin hablar más, y todos con cara de tristeza profunda, terminamos de almorzar.Algunos días fuimos a llevarle flores del jardín a Sultán.Pero con las cosas del colegio, de los partidos de fútbol en el parque y en los recreos entre clase y clase, fuimos poster-gando las visitas a Sultán.Un día nuestro hermano menor pidió reunión: fuimos a nuestro cuarto, cerramos la puerta y nos metimos al ropero: Sultán ya no está donde lo enterramos: ha desaparecido todo, hasta las piedras y los ladrillos.Alguien se lo ha robado –dijimos-, vamos a buscarlo.Fuimos al corral de las tortugas y ciertamente no había ningún resto de Sultán ni de su sepultura.Se lo contamos a nuestra madre y ella nos dijo que no sabia nada, que no podía ser, que nos habríamos olvidado donde lo pusimos (felizmente no dijo que ya se había ido al cielo).Cuando se lo contamos a nuestro padre nos contestó: yo no sé nada y debe ser un error de ustedes.Dimos unas vueltas por el jardín buscando el cuerpo de Sultán, pero no encontramos nada, ni siquiera una piedra o un pedazo de ladrillo.Después nos olvidamos de Sultán.Ya más grandes, bastantes años después, recordábamos a veces a Sultán al contar hazañas de nuestra infancia, pero ninguno de los tres trató de explicar cómo fue su desapari-ción.Claro que nuestros hijos también tuvieron perro cuando eran chicos, pero ninguno de ellos, jamás, tuvo un collie como mascota.