LA GATA

 

 

Una gata de múltiples colores ha tenido ocho gatitos de múltiples colores en una de las esquinas del comedor de la casa. Cuando me acerqué a verlos, la gata se erizó. Di media vuelta de inmediato. Me sentí igual a cuando de niño mi perro se empeñó en no dejarme entrar en casa. En la noche, cuando la gata salió a comer, agarré los ocho gatitos y, siguiendo la costumbre, los tiré en el excusado. Una gritería tremenda. Cerré la tapa y jalé la cadena. Abrí la tapa, y ahí seguían los gatitos, mojados, chillando como si los estuvieran matando, y manoteando con la intención de salir del agua que les llegaba al cuello. Ante gritería tan escandalosa temblé de miedo imaginando a la gata, furiosa, abrir la puerta y entrar a salvar a su prole y, de paso, arañar con saña y furia desatada al humano infanticida, es decir, a mi. Sin otra alternativa a la vista, me encontré con la obligación de sacar a los ocho gatitos mojados del water, hacer oídos sordos a la desgarrada protesta de los animalitos, e ir tirándolos uno por uno, jalar y comprobar su desaparición por el desagüe. Jamás sospeché la lentitud, pasmosa, de la subida de agua para llenar la taza de los baños. Al salir me encontré con la gata maullando en busca de sus desaparecidos hijitos recién nacidos. No quise mirarla y le di la espalda. Mientras me iba de puntillas a la sala, sentí sus horribles ojos amarillos clavados en mí como dos banderillas de fuego.