COMO EN EL CINE

 

Una vez estuve en un restaurante criollo de Bajo el Puente conversando con un cantante y guitarrista ya bastante mayor. No era un virtuoso pero se defendía. Yo estaba con Nonoi y una pareja de amigos, y cuando terminó de tocar, lo invitamos a sentarse un rato con nosotros.

-Pida un trago -le dijo mi amigo-, con confianza, barra libre...

-¿Qué será, pues, señor?

El mozo se acercó, y después de saludarlo, le preguntó:

-¿Qué se toma, don Pancho?

- ¿Un whisky, doble, en las rocas les parece bien? –respondió mirándonos uno a uno. Los cuatro sonreímos. Esperábamos oírle pedir un pisco, a lo más un pisco sauer, bueno, o un ron, pero no un whisky, y además, doble y on the rocks.

Le preguntamos por su vida, por sus años de vida profesional, de cantar y tocar música criolla, de dónde era, el motivo para venirse a Lima, y, a la hora de pedir la comida, Marcela tuvo una ocurrencia:

-¿Comerá con nosotros?

- No – respondió-, cómo se imagina…

Entonces insistimos a coro y aceptó. No sé el motivo para invitarlo. Son de esas cosas que se hacen así, sin pensar y sin evaluar las consecuencias.

Don Pancho no hablaba y nosotros estábamos cohibidos por su presencia. No fue un almuerzo digno de ser apuntado entre los recuerdo memorables. Ni la chicha de jora ni los whiskys de don Pancho rompieron el hielo. Al final, antes del café y los anises, nos preguntó:

-¿Una canción como broche de oro?

-Una marinera.

-Un vals

Yo dije:

-¿Conoce ese viejo vals que dice: ayer tarde me he mirado en el espejo…?

-No me suena, pero siga, por favor; unos versitos más…

-Pues sentía por mi faz curiosidad, y el espejo al retratar mi cuerpo entero…

Don Pancho sacaba acordes con la guitarra.

-Me ha mostrado una horrible realidad. Ya estoy viejo, hay arrugas en mi frente, mis pupilas tienen un hondo pesar…

-Y mis labios temblorosos y arrugados saboreando están los besos ayer dieron y hoy no dan… -concluyó la estrofa don Pancho-. Ya, listo, es del viejo Pinglo, de las más viejas y olvidadas.

Se la cantó completa, corrigiendo los versos más o menos tarareados por mí. Esa canción me gustó desde la primera vez que la escuché, pero nunca la pude encontrar en disco. Mala suerte, seguro.

Al terminar, Don Pancho pidió otro whisky, tocó tres o cuatro piezas más, y con un nuevo whisky en la mano, nos dijo:

-Si me permiten, les voy a contar la verdad. Les mentí al decirles la razón de mi venida a Lima, para irme de Huánuco. Es algo mío, muy tonto, corriente, si quieren, pero mío, muy mío. La señorita –refiriéndose a Marcela-, con respeto, me ha traído recuerdo, me movió el alma y se me subieron todas las vivencias juntas a la cabeza. Bien – hizo un acorde-, el cuento es más o menos así, con perdón de ustedes. Como en el cine y las canciones.

Yo de niño me enamoré de la hija del patrón. Éramos dos muchachitos, tendríamos unos doce años y estudiábamos juntos en las clases de las mañanas, dadas por el Padre Tobías en una habitación de la casona. Nos era difícil separarnos. Apenas podíamos nos mirábamos y hacíamos muecas. En las tardes, ella salía y nos encontrábamos en los sembríos, y allí pasábamos horas echados sobre la tierra, agarrados de la mano, mirando el cielo. No había maldad en nuestro amor. Éramos muy chicos, muy inocentes. Ni siquiera hacíamos planes o hablábamos del futuro. Nos gustaba estar juntos.

Al cumplir quince años, sus padres la mandaron donde unos parientes a los Estados Unidos. Nos despedimos entre llantos y juramentos de nunca olvidarnos. Igual al cine. Ella me dio de recuerdo un dije que siempre llevaba colgando del cuello en una cadena y yo le jure amor eterno y esperar su regreso. Este es el momento en que la chica se aleja caminando, vuelve la mirada hacía atrás, con los ojos llenos de lágrimas, hace adiós con la mano y se va corriendo, desolada. Para ese entonces, la verdad, ya había pasado el tiempo y, ya más grandecitos, aprendimos a besarnos y apretarnos mucho. No fuimos a más pues aún se respetaba mucho a las señoritas. Y también por la religión. Y además no sabíamos.

Para no hacerla larga, ella se fue y nunca más volví a tener noticias de su vida. Nadie sabía nada y sus padres no tenían ninguna razón para darnos noticias o para ser preguntados por la niña. Se la recordaba. Yo, por lo menos, no la había olvidado. Nunca.

A mí, para qué les voy a mentir, me iba bastante bien. Con los ahorros de mis padres y mi trabajo, compré unas tierritas. No éramos ricos pero mejoró nuestro pasar. Catorce años pasaron así. Un día corrieron por el pueblo voces anunciando el regreso de la señorita. Su marido, un norteamericano, había perecido en un accidente de aviación, y ella con sus hijos venían a pasar el luto en el pueblo. Cuando llegó el día de su regreso, todo el pueblo se arremolinó en la plaza frente a la casona. Me acuerdo, era miércoles y a las once se fijó su llegada al pueblo. Los mayordomos habían colgado adornos, baldeado el suelo y contratado un conjunto de música criolla. Era como un día de fiesta, y conforme se retrasaba la llegada, la excitación aumentaba. Fue algo raro, no existía motivo alguno para tanta alegría. Y además, ella venía de duelo.

De pronto avisaron la entrada del carro en el pueblo y la gritería subió de tono. Hicimos una especie de barrera y conforme pasaban tratábamos de mirar a la señorita y a sus hijos en el interior del coche. Cuando se detuvieron frente a la casona, la primera en bajar fue Matilde. Estaba muy cambiada. Resultaba difícil reconocerla. Vestía de luto riguroso. Muy elegante, eso sí, y tan bella como siempre. Pero parecía otra. No sé, otra. Tras ella salieron tres niños rubios, chiquititos, bañados en llanto del susto de encontrarse con tanta gente gritando y mirándolos. Matilde miró a su alrededor con los ojos tristes y una sonrisa de circunstancias. Saludo en general con inclinaciones de cabeza. Nada más. Dio tres pasos y pareció verme. Se detuvo, creí que trastabillaba. De inmediato salí de la barrera, para aguantarla si se caía, y quedé frente a ella. A medio metro, no más. Nos miramos. No pude pronunciar ni una palabra. Permanecí mudo e inmóvil, contemplándola. Entonces ella alargó el brazo y me entregó un llavero con gesto displicente. Resultó para mí aún más desconcertante No entendí el significado. Reanudando su andar hacia dentro de la casona, sin voltear la cabeza, me dijo: el equipaje está en la maletera. Descárguenlo con delicadeza. Y desa- pareció de mi vista.

Tal vez por verla de luto, tan triste, con los niños asustados, llorando, el pueblo perdió su alegría y nos fuimos retirando a la cantina o a nuestras casas. Los músicos se fueron. Yo estaba hecho puré, se imaginarán. Y entonces, sin cantar, don Pancho tocó en su guitarra una versión tristísima de Alma, corazón y vida. Era un buen final… Como en el cine.

 

-Pero la historia no termina ahí –dijo al acabar el vals-, aunque quizá hubiera sido mejor. Como buen pueblerino me empeñé en rondar la casona, a sentarme en la plaza horas y horas, a tocar bajito la guitarra, a mirar, a mirar para ver si se asomaba. Nada. A veces parecía una casona vacía, con sólo la servidumbre haciendo sombras por las ventanas. Un día me armé de valor y abordé a don Lalo para rogarle su ayuda en obtener una cita con la señorita. Está muy triste, no sale de su cuarto ni para comer. Debió amar mucho al gringo. Le insistí y me respondió que haría la lucha, él se lo diría de buenos modos, llevando sentimientos.

Por la tarde se asomó por el portón, me llamó y me dijo la niña te espera, rápido, no la entretengas demasiado, está muy dolida. Le di la guitarra para no entrar con ella y me encaminé al salón. Y ahí estaba ella, Matilde, sentada en el sillón grande, toda de negro, seria, con la mirada fría. Me saludo con una inclinación de cabeza, evitando así mi acercamiento para darle la mano, y señalándome con el índice una silla, me dijo: Siéntese, por favor, le agradeceré me diga el motivo de su visita. Era un hielo. Sus ojos estaban enfocados hacia mí sin verme, me traspasaba su mirada como si yo fuera invisible. Sin pensarlo, le contesté tratándola también de usted y llamándola señorita. Le expliqué, instintivamente, mi deseo de saludarla en recuerdo de nuestra amistad cuando fuimos niños, hasta antes de su viaje a los Estados Unidos. Escuché un breve murmullo o una tosecita. ¿En qué puedo servirlo?, fue su respuesta a mi parrafada evocadora de nuestra infancia. Le agradecí haberme recibido y, tratando de conmoverla, me desabroché del cuello la cadena que me dio al separarnos, y sin decir una palabra traté de depositarla en su mano; con un dedo me indicó depositarla sobre la mesita al lado de ella. Me despedí con un movimiento de cabeza y me retiré absolutamente desconcertado, verdad, casi a punto de llorar, en serio.

Llegué a mi casa, me cambié de ropa, agarré mi escopeta, llené una bolsa con algo de comida y les dije a mis padres que me iba al monte. Ellos sabían mi pena y tal vez consideraron natural verme ir a estar solo, a pensar, a asimilar la pena.

Después de vagar durante un par de días regresé al rancho y les anuncié mi decisión de irme a Lima donde mis tíos por una temporadita. Les pregunté si me darían su bendición. Mi madre llorando y mi padre con los ojos humedecidos me abrazaron. Fui al pueblo, di una vuelta a la casona, como despidiéndome de ella, y sin decírselo a nadie me fui a la capital. Ya ven, aquí estoy desde entonces. Jamás regresé a mi pueblo. Ni para enterrar a mis viejitos. Esto ya está peor que en el cine.

Don Pancho se puso a rasguear la guitarra durante unos instantes.

-Ya instalado en la ciudad, algo así como unos dos meses después de irme, me llegó una carta dictada por mi padre a Lucerito. Me contaba de ellos, de la cosecha, del ranchito y, al final, sobre el fallecimiento de la señorita Matilde. Igual al cine, ¿no? Nadie sabía cómo, quizá cuando se abrieron los ventanales con la intención de airear su habitación; la encontraron muerta sobre su cama, con varias viboritas arrastrándose aún bajo su bata. Eran de esas corralillos llenas de colores, generosísimas, te matan en segundos. En el pueblo eran bastante comunes, se las partía en dos al encontrarlas. Seguro limpiaron sin hacerlo a fondo. Aquí acabó la historia de la razón para vivir en Lima, lejos de mi pueblo, de Santa Rosa, de Huánuco.

 

Iba a hacer un comentario, pero don Pancho se levantó, debo trabajar, se disculpó. Agradeció la comida y “los buenos tragos”. Nos dio la mano solemnemente a cada uno, posando los labios en las de las señoras, y se fue rasgueando la guitarra. A los cuatro o cinco pasos dio la vuelta y regresó.

-Me faltaba decirles algo más. Algunas noches aún sueño con ella y a veces tengo pesadillas que me desgarran el alma. Hasta los sueños más tristes son en tecnicolor y en pantalla panorámica. Como debe ser. Y tocando y cantando El plebeyo con voz golpeada, se fue alejando de nuestra mesa sin voltear la cabeza para mirarnos por última vez. Como en el cine.