COMO EN EL INFIERNO

 

Mi estimado, ¿usted ya había nacido cuando se apoderaron del gobierno los militares? Me parece demasiado joven para haberlo vivido, bueno, siempre y cuando no sea usted un traga años. Yo fui a la primera manifestación política de mi vida cuando bordeaba los nueve años. Hasta entonces, siempre que comenzaban los gritos y se iba juntando gente frente a mi casa, en el parque Benito Torres, ya sabes, a mí me encerraban en una habitación del fondo de la casa, casi en un sótano. Pero desde ahí se oían los gritos y poco después el tableteo de los balazos. Mi gente se alborotaba, pero salvo un par de vidrios rotos, en realidad nunca nos pasó nada.Un día, en el que mi padre estaba hospitalizado y mi madre lo acompañaba mañana, tarde y noche, me quedé solo en la casa; bueno, estaba Ricardina, pero ella jamás se metió conmigo. Cuando comenzaron los gritos y la gente aumentaba a cada minuto, abrí la puerta, salí a la calle y no pensé, al cerrar la puerta desde fuera, cómo iba lograr entrar de nuevo. Un error en los detalles.Caminé disimulando, fingiendo ser un hombre experto en manifestaciones –ya te imaginarás cómo habrá sido eso- y me puse en la tercera o cuarta fila, detrás de los cabecillas, sin que me dijeran algo. Yo gritaba encantado de la vida, poniendo mi cara de molesto, igual a como la tenían los que me rodeaban. Se ve, se siente, el pueblo está presente. El pueblo unido, jamás será vencido. Militares al cuartel, al cuartel, al cuartel. También se cantaba pero yo no me sabía las letras. Unos señores de la primera fila, llevaban unos altavoces manuales por los que iban gritando y cantando, como dando pie a que los siguiéramos.Por lo que escuchaba en casa y esa vez en la manifestación, los militares habían matado a muchísima gente, miles, y a mi me impresionó mucho que dijeran que también mataban a madres y a niños, y contaban que a algunas señoras les sacaban en vivo el hijo de las entrañas partidos de la risa. Asesinos, asesinos. El pueblo unido. En las manifestaciones de esos años no se marchaba por las calles, todos nos congregábamos en el parque y lo íbamos llenando poco a poco, pero rápido. Habían hombres, mujeres cargando a sus hijos, oficinistas, por el traje, y obreros, por la pinta. Pero ahí, todos unidos. Jamás será vencido. En algunas filas, todos estaban embrazados, en la mía, no, felizmente. De pronto la gente dejó de gritar. Vi caras de rabia y de miedo a mi lado. Las filas como que se cerraron y de nuevo comenzó la gritería. Asesinos, asesinos. Militares al cuartel, al cuartel. El pueblo unido. Yo intuí que ahora venía el turno de las balas y al primer ba-lazo, hice como en las películas, me tiré al suelo, me cubrí la cabeza con los brazos y me quedé oyendo como volaban las balas. Hubo gritos de dolor, de rabia. Bestias, bestias. La gente que estaba delante de mí, retrocedió. Cuando alguien gritó alto, supongo que alto el fuego, la gente, poca gente, se juntó al fondo de la plaza. Asesinos, maricones, asesinos, maricones. Gritaban, pero con miedo. Para mí fue magnífico, todo, la gritería, los cantos, las consignas. Ahora ya sabía lo que pasaba cuando me metían al sótano.Cuando sentí que ya no habían balazos ni gente llenando la plaza, bajé los brazos y levanté la cabeza. Frente a mi, estaban soldados que clavaban la bayoneta en los caídos y luego los alzaban y se los llevaban para tirarlos dentro de un camión militar cubierto de lonas que llevaban una cruz verde al medio. Cuando mi vista se encontró con la mirada de uno de los soldados, oí un grito, niño herido. De inmediato me palpé para ver dónde tenía sangre. El soldado me cargó y me llevó a donde estaban unos militares fumando. ¿Estabas con tu padre o tu madre? ¿Cómo te llamas? ¿No sabes que eso es peligroso? ¿Dónde vives? ¿Quién te trajo a la pelotera? Yo sólo movía la cabeza. Entonces mi madre, que venía atravesando la plaza, linda, elegante, marcial, sin miedo ni vergüenza, dio un grito y corrió hacía donde yo estaba sujetado de la mano por un militar que fumaba tranquilamente. ¿Está herido? ¿Qué hacías tú aquí? ¿No te hemos dicho millones de veces que no debes salir de la casa ni asomarte a las ventanas? Malcriado, ahora verás cómo se enfurecerá tu padre. Dio dos pasos, metió la llave de la casa en la cerradura, de un empujón me tiró dentro de la casa. Luego cerró la puerta con otro empujón.Fue mi primera experiencia política. Frustrada pero impor-tante. Algo me llamó la atención: mientras los soldados y oficiales fumaban relajadamente, la gente que me había rodeado durante la manifestación, tenía rabia, miedo, no diré que esperanza o valentía. Ellos saciaron sus odios con gritos y canciones, y después se fueron, cuando comenzó la balacera. Eso es lo que era: una manifestación de rabia contra los militares. La prensa dijo al día siguiente que no hubieron muertos y que los soldados dispersaron a los manifestantes con agua y balas de goma. ¡Mentira! Yo vi como con la bayoneta remataban a los heridos y como echaban a los muertos dentro de los camiones de la Cruz Verde. Eso lo tengo muy claro. Un rato más tarde, al anochecer el día, quise ver por la ventana el estado de la plaza, cómo había quedado, pero ya estaba vacía, los faroles prendidos, el pavimento regado, las tiendas abiertas y algunas parejas paseando o sentadas en las bancas conversando –siempre se dijo que eran militares y soldados disfrazados de civiles para dar aspecto de normalidad a la plaza. Aquí no ha sucedido nada. Estas cosas te marcan. La imaginación infantil agranda todo, pero yo creo que más bien traté de empequeñecerla. Claro que vi a manifestantes heridos cargados por sus compañeros, vi sangre en el suelo, vi hombres y mujeres con la cabeza destrozada o sangrando por el pecho o la barriga. Sentí el ruido de las carreras desenfrenadas, los gritos de temor, los llantos nerviosos de las mamás y de los niños pequeños. Durante varios días tuve terribles pesadillas, pero no era de muertos, sino de gente gritando, corriendo, cayendo herida y arrastrándose, hombres y mujeres, como si fuera el infierno. Ese fue el espectáculo que me quedó grabado en la memoria hasta el día de hoy, tal como se lo he contado.