MIS PRIMEROS AMORES

 

 

Por contarle esta historia a mi esposa, su comentario fue: “¡Vaya fantasía, querido!”. El querido no me gustó, pero su admiración irónica, sí. Bueno, la volveré a contar.

Yo estaba en quinto de media, a vísperas de dejar el colegio y comenzar a estudiar para dar el examen de ingreso a la Universidad. Tendría unos 18 años, era delgado, alto, jugaba bien al fútbol y a escala reducida era el ídolo de los chiquillos del colegio.

Un día, vaya uno a saber el motivo, las maestras organizaron una kermés, incluyendo un partido de fútbol contra un colegio muy rival nuestro tanto en fama y como en pretensiones sociales.

Y el fútbol, bueno ya se sabe cómo es el fútbol, incluso hace un montón de tiempo.

Jugamos, ganamos, metí dos goles y corrí todo el partido como si estuviera poseído.

Al terminar me rodearon los chiquitos y, para agradecerles, les daba golpecitos en la cabeza, diciéndoles su nombre si me acordaba.

De pronto vi a una preciosa muchacha muy cerca, mirándome y sonriendo. Ya no le saqué la vista de encima, y al irme a dar un duchazo antes de cambiarme, le hice adiós con la mano y me respondió con una sonrisa aún más grande.

Al salir del vestidor, vi a la chica a unos 50 metros acompañada por dos niñitos del colegio

Me sentía capaz de cualquier cosa menos acercarme a hablarle. Me hubiera muerto de vergüenza y lo más probable hubiera sido quedarme mudo ante ella.

Agarré de una mesa una caja con dulces o algo así –no puedo precisarlo- y se la envié con algún chiquillo que pasó a mi lado. En la parte interna de la tapa había escrito en letra de imprenta a fin de darle al mensaje la máxima claridad: “Nos vemos mañana en el San Martín en matinée”. Era una cita, en un cine, en el centro, y a media tarde.

La muchacha leyó, sonrió, sacó un lapicero de su cartera y se puso a escribir en la caja. A mí se me cayeron los calzoncillos. Esperaba un “sí” con la cabeza, pero no una carta, bueno, una nota, no sé.

Uno de los niños me devolvió la caja y durante un buen rato no me atreví a abrirla. Ella me miraba y sonreía haciendo “sí” con la cabeza.

Levanté la tapa. Decía: “Al cine no te espero esta noche a las 10 en la puerta falsa de mi casa: Rinconada 337 felicitaciones y un beso”.

Si digo que me entró una tembladera generalizada nadie lo dudaría.

Era pura suerte.

Todo parecía indicar el inicio de un amorío con esa linda, maravillosa y simpatiquísima muchacha y, de salir bien, hasta podría convertirme en su amante estable. A los 18 años, y en esos tiempos, era lo máximo a aspirar, conseguir y disfrutar.

¡Ella, ella, la más linda mujer del mundo, proponiéndome una cita en su casa esa misma noche! ¡La lotería con muchos ceros!

Al rato la miré irse con los dos niños -los tres haciéndome adiós con la mano-, subir a un Mercedes precioso, salir con lentitud del estacionamiento –mirándome- y dar la vuelta a la esquina rumbo a Miraflores.

Saltando en un pie, busqué al Flaco para contarle, pletórico de exageraciones, la maravillosa historia que me caía del cielo.

En la tarde comencé a preocuparme. ¿Y si era una trampa? ¿Desde cuándo me había convertido en un conquistador fulminante, de atractivos irresistibles? Esa muchacha podría tener los hombres que se le antojaran, y los ignoraba para caer seducida en los brazos de un muchachito de 18 años. Algo no funcionaba bien.

Yo había mujereado con chicas del colegio, con pamperitas, con huachafitas, pero una muchacha así jamás me dedicó la más mínima mirada. Me atravesaban.

No era debutante; mis experiencias se podían contar con los dedos de una mano, y no sabría decir si aún me sobrarían todos.

Diré la verdad: me entró un miedo pavoroso.

¿Y su esposo, el padre de los chiquitos?

Ella se fue manejando el carro, no iba a resultar siendo el ama de llaves o la nodriza.

¿Y si era viuda, divorciada o doble madre soltera?

¿Y si por cualquier motivo se presentaba alguien inesperado, un novio rechazado, el ex marido, un hermano, el amante de turno, y de una paliza me dejaba inválido por el resto de mi temprana existencia?

Llamé por teléfono al Flaco y le conté mis temores.

Sólo me dijo, “Huevonazo”, y colgó.

No perdí el miedo, pero me dio una gran vergüenza ser tan miedoso. Era un inexperto don Juan y un tembloroso conquistador. Salían a flote mis carencias para llegar lejos en estos ajetreos amorosos.

A las nueve y media estaba frente al caserón donde vivía. Me había medio camuflado con la finalidad de espiar si me preparaban una trampa.

La casa estaba al fondo de un jardín, y delante, lindando con la calle, una reja inmensa, con sólo una gran puerta al medio. Por más vueltas que di a la manzana y mis varias revisiones minuciosas, sólo encontré de entrada o salida la puerta de la reja. ¿A qué llamará “puerta falsa” esta mujer?

Volví a camuflarme entre los árboles de la vereda de enfrente de su casa.

¿Y si estaba equivocado en la dirección? La tapa, el cartón en donde anotó con su letra la cita, la quemé bajo el principio caballeresco de evitar dejar pruebas de la existencia de una cita de amor prohibido. En un papelito apunte la dirección, incluyendo lo de la puerta falsa.

A pesar de la intensa actividad de inspección, búsqueda, precaución y camuflaje desarrollada desde mi llegada, sólo habían pasado diez miserables minutos. Me sobraba un montonal de minutos por delante y esto de camuflarse en los árboles, arriba de los árboles, era un engorro. ¿Qué podría contestar si aparecía un poli- cía, un patrullero, algún vecino, y me preguntaba qué andaba ha-ciendo allá arriba? Nadie iba a creer que era un pajarito, un loro extraviado o un gallinazo sin plumas. En fin… un mal chiste.

Bajé y me fui a fumar un cigarrillo a la esquina. Desde ahí podría continuar mi espionaje por si llegaba alguien o se producían movimientos sospechosos.

Me sería imposible explicar de dónde heredé esa estrategia contemplativa y prudente, observada durante toda mi vida para las citas amorosas. Fue algo nacido de pronto: adelantarme, otear, y aparecer en el momento justo.

Media hora me pasé en esos trajines, improductivos por otra parte, al menos en esta ocasión.

A las diez en punto apareció la dama en la reja grande; abrió, salió, miró hacía ambos lados y desde mi esquina espiadora le hice un saludo al detenerse su mirada donde yo me encontraba.

Bueno, esta es la versión sencilla, la real fue su deslumbrante aparición por la cerca de cipreses, vestida de blanco o de negro -quizá negro por el camuflaje, blanco por lo fantasmal-, me tomó de la mano al aproximarme a ella, y después de abrazarme y besarme con ternura en la cara y los labios, nos deslizamos hacia el interior de su casa, yeniendo como referencia la fila de arbustos del enorme jardín, para evitar, así, cualquier mirada indiscreta.

Nos metimos en una habitación cualquiera, no en la suya, la matrimonial, la de cada noche quiero decir.

Y sin más trámite, sin palabras acarameladas, juramentos de amor eterno, planes de futuro, regocijo ante nuestra encuentro o reencuentro desde vidas anteriores y reencarnaciones de amor, comenzamos a besarnos llenos de intensa pasión carnal, y a quitarnos la ropa tal como se vería hacerlo cuarenta años más tarde en la películas normales y corrientes de la cinematografía mundial.

En verdad, no tenía ni la menor idea de lo que estaba sucediendo; por primera vez en mi vida me invadían de esa manera tan arrebatadora, y mi inexperiencia absoluta logró ser enmendada y encauzada con destreza por una señora con dos hijos, casi 30 años de edad y en plena vitalidad erótica y reproductora.

Tenía un susto tremendo mientras ella impulsándose con los antebrazos bajaba y subía sobre mi pecho con un ímpetu jamás vivido.

Eyaculé, me imagino -jamás se me ocurrió pensar en ella y menos aún en la posibilidad de un orgasmo femenino-, pues se salió de mi o me sacó de ella, me dio un cigarrillo mentolado encendido y a la primera calada tosí igual que un niño pequeño.

Mientras fumábamos, me dijo con voz dulce y tocándome el pezón con su dedo índice, oh, ha sido maravilloso, eres un amor, un Tarzán de las selvas vírgenes y del Amazonas, recordaremos siempre estos hermosos momentos vividos.

Y mientras yo iniciaba la cabezadita inevitable después del coito, según mandan las leyes universales, la vi apagar su cigarrillo, sacar el mío de entre los dedos, apagarlo, y, ¡hala!, otra vez a comenzar el debutante traquitraqui, desde aquel entonces compañero inevitable, cual cooperante natural, anual y aburrido de mi vida.

No recuerdo tampoco quién me dijo o en dónde leí, que a las mujeres al hacer el amor, les encanta tener al hombre dentro de ellas el máximo tiempo posible, y la única forma de lograr tal hazaña consistía en realizar cálculos matemáticos a fin de distraer la mente y retrasar la eyaculación. En silencio, por supuesto, sólo en la cabeza.

 

 

 

Por ese motivo, a la tercera vez que me tocó estar dentro de ella, me puse a recitar por lo menos 100 veces la tabla de multiplicar del 1 al 9 de arriba abajo y a la inversa; y ya en ese plan, dividí números hasta de ocho cifras. Me entretuve una barbaridad con operaciones de quebrados y, no sé por qué, acordándome de Miss Rocha, la profesora de inglés del colegio, recité varias veces “El cuervo”, de Poe, en el idioma original y con el tono pertinente.

Pues bien, estaba, creo, por comenzar a cantar el Himno nacional cuando descubrí que el único moviéndose en nuestra frenética y agotadora danza amorosa era yo, y la chica en el limbo, hecha un hielo, como si nada, como si se hubiera dormido, como si se hubiera desmayado, ¡cómo si se hubiera muerto, muerto del todo y para siempre jamás!

De verdad, estaba lívida. Además no respiraba, no abría los ojos, no respondía a mis cachetadas, no le encontraba el pulso, la sentaba sobre la cama y se venía de espaldas, le subía y le bajaba las piernas y los brazos en plan respiración, le hice el boca a boca, y nada, nada de nada.

Media hora más tarde, y después de varios Padre Nuestros, Ave Marías y Credos, mas San Honoratos, San Martín de Porras y cuanto miembro de la corte celestial se me ofrecía, tuve la obligación de reconocer un hecho evidente: mi amada estaba muerta, bien muerta, frita, occisa, kaputt.

Resultaba obvio la imposibilidad de hacer algo capaz de revivirla; sólo me quedaba cubrirla con una sábana (no fui capaz de vestirla. Su ropa se me enredaba y desacomodaba en su cuerpo flácido) e irme con la conciencia tranquila pues yo no tenía la culpa de nada.

Me negaba rotundamente a considerarme un asesino sexual. Bueno. Al fin y al cabo -lo sabe medio mundo-, lo imposible es imposible. Y ríase la gente.

Me vestí, recogí los puchos del cenicero, limpié mis huellas digitales por toda la habitación, miré debajo de la cama y por los más recónditos lugares por si algo mío se hubiera caído y quedara por ahí convertido en una enorme pista muda y delatora, le di un beso en los labios y otro en la frente, la tapé con la sábana y una colcha, salí, cerré las puertas, reandé el camino por los bordes del jardín y me encontré en la calle luego de abrir y cerrar la reja de metal, casi desmayándome por los chirridos espantosos dados a pleno volumen, y partí la carrera de las diez millas libres como si me persiguieran miles de perros y yo fuera un buen y noble zorro huyendo por los bosques del condado de Kent, a millones de kilómetros de Lima, de Miraflores y de mi mismo.

Después de mi descalabrante aventura sexual no pude dormir hasta bien entrada la madrugada, y por lo menos durante los siguientes diez días y quinientas noches.

Al mediodía me precipité sobre el periódico en busca de fotos de la señora y mías, con la espectacular narración de un sádico crimen pasional. Nada.

Silencio absoluto durante una semana, quince días, un mes.

Sin embargo, al escuchar sonar el teléfono me sobresaltaba, pues imagina a la Interpol anunciado su intención de venir por mí; si alguien gritaba mi nombre en el recreo, no tenía la menor duda de que la CIA tenía rodeado el colegio y exigía mi entrega incondicional.

En fin, a los 18 años el miedo es igual a un animal doméstico siguiéndote con fidelidad canina.

Las pasé perro, es la verdad.

Al mes y días, salí a caminar con el Flaco y, ¡coincidencia!, pasamos justo frente a la casa de mis amores y mis tormentos.

Hubiera deseado hacerlo a paso ligero, mirando a las nubes; sin embargo lo hicimos con lentitud por culpa del clima, los vientos y lo resbaloso de la acera. ¡Basta!

La casa se veía deshabitada. Las ventanas estaban cerradas con tablones y toda ella exhalaba el tufillo de esas mujeres abandonadas, dejadas a solas con su infortunio.

Hasta dos días después no pude tener la tranquilidad necesaria para explicarme lo visto, mirado y observado.

Y, ¡cataplum!, me acordé de los huerfanitos.

La muertita tenía dos hijos en el colegio, pero no sabía ni sus nombres, ni sus apellidos ni en cuál clase podrían estar. Buscar un par de chiquitos vestidos de luto era una pista identificadora; durante los recreos miré, busqué pero los niños jamás me parecieron más gozosos y vibrantes, llenos de salud y vestidos con una inmensa variedad de colorines, exactamente como si la primavera hubiera caído en pleno invierno sobre el patio de recreo.

Me acerqué donde Miss Susana, la maestra encargada de vigilar a los niños, y con disimulo le pregunté por fallecimientos, secuestros, asesinatos, orfandades, entierros, fantasmas, muertos vivientes clamando venganza: nada, ningún suceso de esa naturaleza se había presentado en el colegio en los últimos dos años, lo único diferente ha sido, ¿te acuerdas de los niños Krugman?, sentí una gotitas calientes bajándome por la entrepierna, pues regresaron a Suiza de la noche a la mañana. No hubo tiempo de organizarles una despedida o que ellos vinieran a despedirse de sus compañeritos. Ese es el problema con los extranjeros. Llegan y se van sin decir agua viene y etcétera.

Dejé de escuchar y sentí a mi sonrisa creciendo, creciendo hasta cubrir el patio de recreo y la totalidad de las canchas de fútbol del mundo.

Y, como sucede por lo general en estos casos, y más al ser uno joven, rico y estanciero, la aventura perdió poco a poco importancia, y si alguna vez la recordé fue como una insignificante anécdota sin trascendencia, perteneciente a mi agitada juventud desaforada.

Por eso, al enterarme cuatro o cinco años después de la demolición de la casa de mí amada en aras del progreso, y me explicaron el proyecto de levantar un edificio de 12 pisos sobre el terreno, la noticia me dejó en la absoluta indiferencia.

Incluso el cadáver femenino desenterrado meses después gracias a las obras de excavación para los cimientos, no logró despertar la menor preocupación en mí, y menos aún al declarar la policía su impotencia por la falta de instrumental técnico capaz de ayudar en la identificación del esqueleto de la mujer, enterrada desnuda y con evidencias de haber sido masacrada con arma filo cortante en el cráneo.

Yo no fui, tenía la absoluta seguridad de ser ajeno al caso y al problema, y jamás, lo juro, dude de mi condición de angelito puro e inocente recostado con un arpa sobre una nube ambarina. No era mi asunto. Nunca maté a nadie. Se finito.

 

Y así hubiera sido en verdad si treinta o veintiocho años más tarde, mientras estaba en Lugano resolviendo unos movimientos equivocados de divisas, no me hubiera topado un domingo, en la puerta del hotel, con mi amada.

La reconocí al toque, a pesar de que ella, al mirarnos, no tuvo ni la menor idea de quién podría ser yo. Seguía tan guapa como antes, a pesar de habérsele ido la primavera desde hacía muchos otoños. Los años no perdonaron ni a ella ni a mí.

Subí a un taxi y, como en las películas, dije, “siga a ese taxi, por favor”.

Llegamos a un barrio de las afueras: entró en una casa elegante, bonita y bien, muy bien.

Le pedí al taxista esperar, y con disimulo, haciéndome el buscador de algo por la acera de enfrente, me situé justo frente a la puerta y al escuchar unas voces, volteé de golpe, súbito.

Mi amada salía de la casa con su marido, dos treintañeros y, supongo, sus respectivas esposas, y tres niños, y yo enfrente, igual a un fotógrafo amateur contemplando embelesado a su familia. Ellos sonrieron en grupo, yo miré la hora.

Estuve a punto de acercarme, decirles quién era, pedirles explicaciones a voz en cuello, pero me pareció todo tan tonto, pero tan tonto, que tosí tapándome la boca y, mirando al cielo, caminé hacia el taxi, subí y ordené al chofer regresar al hotel.