EXAMEN GINECOLÓGICO

 

 

Hace ya unos años, una amiga me contó que había ido al consultorio del papá de una compañera de clase para un examen ginecológico, y cuando el doctor la hizo echarse en la camilla de partos -esa especie de cama con dos sostenedoras de piernas a los lados, en que la mujer queda con el coño, el órgano reproductor femenino, abierto al máximo-, se dio cuenta que el padre de su amiga no la estaba palpando interiormente con guantes sino que se la estaba tirando.

¡Algo espantoso!, me dijo.

Lo único que se le ocurrió fue preguntar si todo estaba bien, y el doctor como avergonzado, pero con la esperanza de que ella no se hubiera dado cuenta de nada, eyaculó, y con una gasa comenzó a limpiarla por dentro, quitando el semen, y diciéndole que todo estaba bien, que ya terminaba, que no se preocupara, que era sólo cuestión de unos segundo más.

¿Y yo que hacía cuando me dijo que me vistiera?

De virginidad, nada, lo que yo quería saber era si estaba embarazada; tú me esperabas en la Tiendecita blanca, comiéndote un Banana Split, recuerdas; a ti tampoco te dije nada, eras capaz de subir al consultorio y armarle un escándalo y agarrarlo a golpes.

No, no estaba embarazada; no me lo dijo, pero supongo, no sé, si un doctor puede darse cuenta sólo con un examen vaginal al mes de no venirte la regla, no sé.

Como tampoco me vino la regla a los dos meses, me hice la prueba con esas cositas que vendían en las farmacias, y no sólo estaba embarazada, estaba embarazadota, tres meses por lo menos, y nosotros que habíamos celebrado mi infertilidad, nos quedamos helados y con la boca abierta, ¿recuerdas?

Buscamos como locos quien nos pudiera informar de un médico que nos sacara del apuro: claro, una chica de diez y seis años y un señor de veintiuno no corren donde sus padres a contarles que la mocosa ha quedado embarazada y no saben cómo resolver el lío, solucionar el problema.

Y me decías: ¿y si tu familia se entera y te dice que no puedes sacarte al bebe, que lo tengas, y que ya después se ve si es necesario que nos casemos y lo que se hace con el nietecito?; menudo lío.

Y ahí, cuando me dijiste eso, me di cuenta al tiro que tu no sólo no querías tener al niño, sino que tampoco pensabas casarte conmigo ni ahora ni nunca; yo era sólo un plancito; cómo las llaman ustedes, sí, una maroquita a la que disfrutabas pampeándotela; ¿no es verdad?

¿Qué así no fueron las cosas?; por favor, amor mío… A estas alturas de nuestras vidas para qué diablos voy a mentirte…

Eres un idiota…

No, no sabes dónde estás parado…

La cuestión fue que tú, con tus ideas geniales, creíste que lo mejor era ir donde el papá de mi amiga y decirle que te había embarazado… genial, ¿no?

Tú te harías pasar de sacerdote, de consejero espiritual, y yo jugaría a la niña tonta, pero no tan tonta.

Después de soltarle la andanada, el doctor me pidió que saliera y tú te quedaste con él a solas… ¿recuerdas?

No sé qué arreglaron, o de que conversaron, tú me dijiste que lo hablado con él era bajo el secreto de la confesión, igual a como yo te lo había contado a ti.

Y funcionó. Me hizo pasar al consultorio, me acomodó de la misma manera que la vez pasada, me anestesió localmente a lo bestia, yo por lo menos sentí cinco o seis picotazos, y a los diez minutos se fue, diciendo que todo estaba concluido; tampoco sé lo que te habrá dicho a ti… claro, bajo el secreto de la confesión.

Pero antes de irse, el doctor me miró y me dijo: un poco tiempo más y habríamos tenido que romper al niño dentro de tu vientre: primero se le cortan los brazos, después las piernas, luego la cabeza; se le hace pedazos dentro de ti y se va sacando al bebe en partes que se colocan en una bandeja, a tu lado, para que toda tu vida recuerdes que mataste a un niño tuyo…

Y tuyo, cabrón de mierda, le grité

Menudo imbécil…

No, tú no, el médico hijo de puta.

Perdón por las groserías, pero no se me ocurren otras maneras de llamarlo.

Tonterías…

¿Le pegaste? Claro que le pegaste… Por lo menos se oyó un ruido de un vidrio rompiéndose y que bummm caía algo; y cuando te pregunté qué paso, me dijiste nada que tuviera importancia.

Después entraste, agitado, me hiciste vestir y muy apoyada en ti nos fuimos del consultorio, pero nos vió la enfermera, a la que no dejó entrar y le cerró con pestillos las puertas, más la recepcionista y tres señoras mirándonos, sentadas, en la sala de espera, felizmente no había alguna mamá de una chica del colegio.

Tú, tranquilo, fumando y leyendo, mientras yo estuve hasta el día siguiente, creo, durmiendo en tu cama…

No sé qué, pero mi madre se creyó que nos dabas a mí y a Carmencita una clase de historia para un examen, y que esa noche no iría a dormir a casa, ¿te acuerdas?

Y al día siguiente estaba como si nada, y dos semanas después desapareciste, nunca más te volví ver, hasta hoy… ¿qué pasó, amor mío?

No me iba a poner a buscarte o estar llamándote a tu casa o ir a tu matadero para ver si estabas, y preguntarte amorcito, amorcito, por qué no me llamas… no soy así, tú bien lo sabes.

Sí, desapareciste

La última vez que hicimos el amor fue en la mañana temprano del día del aborto… me dijiste que lo hiciéramos en honor al niño y como despedida… un poco cruel y vulgar, diría yo, ¿no crees?

¿No lo recuerdas?

Después del médico no tenías ganas, te daban vueltas en la cabeza otras cosas o estabas muy cansado… no sé qué pretendías decirme pidiéndome que sólo te la chupara, que mejor esperar más tiempo antes de hacerlo normal o por atrás… fueron tres veces que me hiciste chupártela, una en el carro mientras íbamos a la Herradura, otra en el baño de la casa de mis padres, y la última vez en el matadero, tú parado y yo arrodillada ante ti, adorándote…

Esa fue la última…

Tú no te acuerdas de nada pero yo sí…

Eras un hijo de puta y lo sigues siendo… y esta vez no me disculpo por la groserías… vete a la mierda, hijo de puta… ya está… y se acabó toda esta mierda.