UNA PARTIDA DE PÓKER

 

Me sucedió en Inglaterra durante mi primera visita.

Estaba iniciándome en el mundo de los negocios y se presentó una buena oportunidad con una firma inglesa, obligándome a viajar a Londres con la esperanza de concretarla.

Mientras esperaba la resolución de pequeños detalles legales, uno de los inversores me invitó a pasar un fin de semana en su casa de campo, muy próxima a Londres.

Fueron un par de días tranquilos, muy cómodos, hasta la última noche, en la que se le ocurrió al anfitrión organizar una partida de póker, proponiéndome participar en ella.

Me sentí en la obligación de aceptar, pero advertí no ser un buen jugador y me disculpé de antemano por cualquier equivocación o ingenuidad que cometiese en el juego.

Era verdad: mi conocimiento al respecto es mínimo; no pasaba de saber la necesidad de poner cara de palo tengas o no buen juego.

Soy un ferviente adorador de la suerte y esa noche la tuve sentada a mi lado.

De las quince partidas jugadas, gané doce; en las otras tres me retiré en el momento adecuado.

Sin buscarlo, ganaba una buena suma de libras esterlinas.

Tanto los jugadores como los mirones eran gente educada, y a pesar de la posibilidad de sorprenderse de mi excepcional racha de buenas cartas, nadie se atrevería a plantearse dudas sobre mi honestidad.

En el último juego antes de retirarnos, tal como anunció el dueño de casa, en el primer reparto de cartas tuve pareja de ases, cambie tres y me encontré con un póker de ases, más un desangelado nueve de corazones en las manos.

En la siguiente ronda de cambios, para disimular, di el nueve, y dejé sobre la mesa, sin levantar ni destapar, los cinco naipes.

Las apuestas subieron; continúe sin levantar mis cartas de la mesa, cubriendo sin preocupación por el resultado.

Ganar a un póker de ases es una posibilidad entre varios millares, dicen.

Mi cara representaba la derrota personificada.

Seguí en el juego, pagaba por ver en cada ocasión.

En la última vuelta puse el resto, todo lo ganado, más un talón bancario de no recuerdo cuánto para completar la apuesta.

Levanté mis cartas y me quedé helado.

Estas situaciones extrañísimas te obligan a resolverlas en un abrir y cerrar de ojos.

Yo, sin saber a qué atenerme, abrí y cerré los ojos miles de veces en muy pocos segundos.

En las manos tenía ¡cinco ases!

Quien llevó el juego, con un gesto de satisfacción, abrió sus cartas sobre la mesa y mostró un póker de cuatros.

Dos se retiraron, yo seguí con mi cara de tonto, sin aprobar ni rebatir el triunfo.

Estuve un buen rato sin decir palabra; a él se le fue yendo la sangre de la cara, pero sus ojos volvieron a iluminarse al verme poner mi quinqué de ases, tapado, entre el montoncito de las cartas descartadas.

Con un nudo en la garganta, mantuve mi cara de palo y dije: ¡paso!

Y me puse a llorar a mares, sin externar nada, con una grandísima sonrisa de oreja a oreja.