LA DAMA DEL CARLINO

 

Cierta vez, hace ya un buen tiempo, descansado de mis inverosímiles caminatas en el banco de un parque, se sentó a mi lado una señora mayor y le soltó la cadena a su carlino para dejarlo jugar por el césped.

Decía “ven”, y la perrita venía; le decía “haz tus cosas” y la perrita corría a hacerlas; la perrita ladraba a unos niños en bicicleta, la señora la llamaba, “ven”, y le daba golpecitos en la cabeza con la correa de pasearla mientras le decía: “mala, mala, mal educada”. También la felicitaba de igual manera, golpecitos en la cabeza con la correa, al verla realizar alguna graciosada perruna.

Antes de irse, mientras la ataba, la señora me dijo: “Es muy buena perrita, es hija de la hija de una hija de una perrita obsequiada por mi madre en un cumpleaños de hace muchísimo tiempo. Ahora estamos las dos a la espera de saber quién morirá primero, ella o yo. Le diré algo más, en toda mi vida este es el único ser que me ha obedecido, al que me ha sido posible regañar, pegar, castigar, engreír y sacar de paseo; nos hemos dado alegrías y tristezas; hemos compartido comidas y sueños; le he contado mis secretos teniendo la absoluta confianza en su discreción, en que jamás repetiría alguna de mis confidencias (sonrió con ligera picardía). En fin, no tengo la menor duda al llamarla una muy buena amiga; incluso, mi mejor amiga”.

Y se alejaron las dos, tranquilas, satisfechas.