LA NOVIA DEL PUEBLO

 

Ahora te contaré una historia, cierta en un cien por ciento, que jamás pude contar y que hasta ahora no sé cuál puede ser el motivo para callarla durante tantos años.

En fin, es una historia algo extraña.

Comenzaré a contarla dando algunos antecedentes para que así sea más fácil comprender la crisis final.

Yo desde que era niño, desde muy pequeño, tuve una gran debilidad por Rosamaría, una chica del pueblo; tenía mi edad o algo más o algo menos.

Cuando la traían a casa por mi cumpleaños, yo me alegraba y corría a abrazarla y besarla en la mejilla.

Ella, bajando los ojos, me entregaba un paquetito diciéndome: “perdona lo modesto”; pero no, no recuerdo qué podían ser sus regalos de cumpleaños, y no creo que tenga mayor importancia para mi historia.

Sigo.

Cuando cumplí doce años, mis padres me dieron por navidades una escopeta de perdigones.

Yo, contentísimo; sabía que esa escopeta sólo serviría para cazar pajaritos, cuculíes, alguna paloma con un buen tiro, lagartijas, serpientes, ardillas, cosas así, es decir, servía para cacería menor, insignificante.

Mis primeros tiros fueron dentro de los terrenos de nuestra casa; le disparaba a cualquier bicho que se moviera.

También me ejercité mucho haciendo tiro al blanco.

Un día pedí permiso para ir de cacería al bosque del monte cercano a casa, y me lo dieron.

Estuve varias horas caminando pero no logré cazar nada.

Cuando mis padres me vieron llegar cansado, decepcionado, lleno de polvo, se rieron y me dijeron que no me desanimara, que volviera a hacer la prueba, que para ser un buen cazador se requiere experiencia, mucha práctica y buena puntería.

Así que al día siguiente, temprano, me fui de nuevo al bosque.

Iba fastidiado, miedoso de no encontrar nada que pudiera cazar y regresar otra vez a casa con las manos vacías.

Mi peor pensamiento era que la cacería no estaba hecha para mí, que nunca sería un verdadero cazador…

Y bien, cuando di los primeros diez pasos dentro del bosque, vi a Rosamaría sentada sobre un tronco.

No sé que hacía ahí.

–Te estaba esperando –me dijo.

Yo no me atreví a acercarme y darle un beso abrazándola, y ella tampoco hizo algún gesto que la acercara a mí.

En realidad éramos como dos extraños; solos, frente a frente. Nunca habíamos estado así, sin nadie en los alrededores.

–¿Para qué? –le pregunté.

–Para acompañarte; a veces se necesita que alguien ayude a encontrar animales; se les espanta y ellos llegan a donde tú estás escondido y los cazas.

–¿Y tú cómo lo sabes?

–Porque así cazaba mi padre con mis hermanos; ellos ahuyentaban a los animales y mi padre los cazaba.

–Bueno, hagamos la prueba, quizá así funcione.

–Tú escóndete detrás de ese tronco, aquí, -me dijo-; yo te ahuyento a los animales, pero ten cuidado, no vayas a dispararme a mí.

¡Nunca!, pensé; los dos nos reímos.

Una hora después tenía tres tortolitas, una ardilla y cuatro lagartijas.

Daba brincos feliz de la vida.

Cuando regresó Rosamaría, me vio tan contento, que para los dos fue algo espontáneo abrazarnos como felicitándonos por nuestro éxito.

Después de examinar la caza, nos sentamos, nos agarramos de la mano y nos quedamos un buen rato sin hablar, mirado la copa de los árboles.

Y desde ese día siempre fue así: Rosamaría los espantaba y yo los cazaba.

No cazamos nada espectacular, pero algo cazábamos, y eso nos unía y nos hacia felices.

Si me preguntas por qué nos sentábamos y nos agarrábamos de la mano, no sabría decirte la razón, pero algo raro debía de haber porque nunca le conté a mis padres que en el bosque me encontraba con Rosamaría y que ella me ayudaba a cazar.

Cuando le pregunté a Rosamaría si ella se lo había contado a su madre, me contestó:

–No, en casa digo que voy al bosque a pasear, a ver animales y a juntar ramitas para encender el fogón; no tengo porqué decir que también te encuentro a ti.

Los dos nos reímos, quizá ese fuera el secreto que compartíamos.

Así pasé las vacaciones de mis doce años.

Cuando tuve que despedirme de ella porque debía volver al colegio, se puso triste; no diré que lloró porque eso no lo vi.

Nos abrazamos, y yo, como siempre, la besé en la mejilla y me fui, también algo tristón, pero no tanto como la tristeza de ella.

No había dado cinco pasos cuando ella, en voz baja, me dijo:

–Siempre te esperaré aquí.

Cuando conté en el colegio que tenía una novia (no sé por qué lo dije, para darme aire de conquistador o de don Juan, supongo), la momía me preguntó:

–¿Y te la chupeteas?

–Claro que sí –contesté yo.

–Cuenta, cuenta, ¿le das besos con lengua? –fue la pregunta coral.   

–Sí, a veces, ya casi al final de las vacaciones –respondí.

En las vacaciones siguientes no la vi; su madre le dijo a mis padres que Rosamaría estaba en la ciudad acompañando a su madrina.

Hice algunos ejercicios de tiro al blanco, pero ya la cacería no tenía ningún atractivo.

Fueron las vacaciones menos alegres de mi vida.

En el colegio conté que mi novia se había ido a los Estados Unidos y no se sabía cuándo regresaría.

Salvé el chasco pero me quedé fastidiado, sin embargo la recordaba y a pesar del tiempo que debía transcurrir hasta las próximas vacaciones, contaba los días, es decir, me moría de ganas de verla.

Pero uno propone y Dios dispone: no pudimos ir al pueblo en las vacaciones siguientes; a mi padre se le ocurrió celebrar navidades, año nuevo y reyes, en un crucero; irían mis tíos, varios amigos íntimos de la familia, y todos llevarían a sus hijos; familia completa para dar vueltas por las islas de Grecia..

¡¡Horror!!

Los primeros dos días los pasé apartado de todo el mundo; caminaba por el barco como poeta penando en un cementerio.

Después, casi sin darme cuenta, me incorporé a la patota de chicos y chicas; íbamos corriendo por todo el barco soltando gritos salvajes; también gastábamos buena cantidad de tiempo comiendo en el buffet abierto las 24 horas del día.

Cualquier mataperrada que imagináramos la llevábamos a cabo; también haciamos campeonatos de ping-póng, damas, billar y nos dábamos unas bañadas geniales en una piscina que tenía un deslizador, un tabogán como de cinco metros; a veces nos sentábamos más de cinco, todos agarrados y bajábamos a velocidades increíbles… para esa edad, claro.

Seríamos como como15 chicos de 9 a 13 años; yo era de los mayores, pero a todos nos ganaba Regina, que tendría como quince años o algo más.

Y en las noches, cuando no se nos ocurría nada especial, nos metíamos a la disco y… ¡¡¡bailabamos!!!: una horda de salvajes dando vueltas o haciendo trencitos por la pista.

Bueno, y entre broma y broma, tuve una novia, claro Regina.

Era linda y buena gente, y decía que para quererse no tenía porqué contar la edad.

A ella no le importaba que fuera mayor que yo o yo menor que ella, al menos eso es lo que juraba ante todos los dioses del Partenón.

Apenas podíamos, nos separábamos del grupo o los convencíamos para jugar al escondite, y así podíamos escondernos juntos en las lanchas de salvamento ¡¡¡y nos besábamos!!!

Nos besábamos como en las películas, es decir, como creíamos nosotros que se besaban en las películas.

Era divertido y tenía su gracia.

Una noche me dijo, ¿quieres que juguemos al médico?

Bueno, le contesté, pero la verdad es que no tenía ni la menor idea de cómo se jugaba.

De pronto, ella se levantó la falda, se bajó un poco el calzón de su bikini, y me dijo con una voz rara: doctor, estoy muy adolorida, por favor, doctor, revíseme…

Y abría las piernas y yo, lo juro, no sabía qué es lo que debía revisar.

Estaba tonto, tonto, y quedé totalmente paralizado, como estatua; entonces ella tomó la iniciativa, me agarró la mano, la llevó hasta su sexo y me pidió que con el dedo meñique la limpiara por dentro.

Lo hice muerto de miedo –¿y placer?–; no sentí ningún placer, me mo-ría de miedo.

Después ella me dijo: ahora tengo que revisarte yo: ¡bájese el traje de baño, señor!

Y me lo bajé.

Ohhh, dijo, lo veo muy chiquito y seco, está como asustado; déjeme arreglar este problema.

Y comenzó a lamerlo, a jugar con él en su boca, y, perdónenme todos, se me escapó la pila, en grandes cantidades, grandísimas, y la doctora casi muere ahogada ante mis propios ojos.

Pero no se molestó, sólo dijo, riéndose, ¡qué asco!

Nos subimos la ropa y salimos riéndonos de nuestro escondite.

Ella se fue a bañar y yo me encerré en el camarote.

Al día siguiente me escondí para no verla.

Pero al día siguiente del día siguiente, me atrapó y quiso volver a jugar al doctor.

Y ahora ya sabía lo que tenía que hacer en mi turno y lo que me iba a hacer ella en el suyo.

Y, sin pensármelo mucho, poco a poco me fue gustando el juego, tanto si hacia yo de doctor o a ella le tocaba ser la doctora, es decir, me encantó el juego.

Por lo menos ocho de los quince días del crucero, me los pasé haciendo de doctor o de paciente.

Cuando nos despedimos me dijo: tu chitón la boca y cuando nos volvamos a ver, tú serás el doctor y yo sólo la enfermera.

No entendí nada, pero le dije, claro, preciosa, y nos reíamos mientras nos abrazábamos diciéndonos adiós y burlándonos del sorpresivo “preciosa”.

A las siguientes vacaciones, fuimos de nuevo al pueblo.

Rosamaría seguía ayudando su tía en la ciudad.

Pero antes de fin de año, me crucé con su madre en la plaza y me dijo, feliz, Rosi viene a recibir el año conmigo; oh, qué bien, le dije, y era verdad que me parecía muy bien que viniera.

Días después la vi paseando por el parque con sus amigas.

Me iba a acercar a saludarla, pero me dio vergüenza y sólo la vi pasar varias veces frente a mí, riéndose.

Me molesté y me fui, es decir, creí que se burlaba de mí.

En la tarde siguiente nos encontramos de nuevo en la plaza, pero esta vez ella se acercó a donde yo estaba sentado; me levanté y le di la mano ceremoniosamente; ella, disimulando, me dio un papel doblado, chiquito, que, rápidamente, como en el cine, me lo guardé en el bolsillo del pantalón.

Unos minutos después me alejé un par de calles de la plaza, como si fuera para mi casa, y mirando para todos lados, para ver si había alguien que me seguía, leí lo que decía el papelito: ¿mañana iremos de cacería?

Claro que iríamos de cacería.

A la mañana siguiente, avisé con cara de resignación que me iba a cazar al bosque.

Apenas entré, vi a Rosamaría sentada en el mismo tronco de siempre.

Me gusto mirarla; ella ya era una joven mujer y yo un mocoso del diablo; era verdad lo que decían: las mujeres se desarrollan más rápido que los hombres.

Me acerqué, ella se levantó, nos abrazamos y le di un beso en la mejilla, como era nuestra costumbres, sin tener en cuenta que ya no era la misma Rosamaría de siempre, que era ya una mujer.

Sin decirnos nada, ella se fue caminando a celebrar el rito de asustar a los animales para que yo los cazara.

Cuando los vi venir hacia mí, asustados, se me quitaron las ganas de dispararles; me senté apoyando la espalda en el tronco donde se sentaba Rosamaría.

Ella, un par de minutos después, vino preocupada porque no había oído mis gritos de haber cazado algo, y pensó que me podía haber pasado alguna cosa extraña.

Le dije que se sentara a mi lado y cuando lo hizo, me deslicé hasta pegar mi hombro con el suyo.

Ella me habló de lo que hacia en la casa de la tía y yo le conté cosas del colegio, del crucero (sin doctores de por medio), de lo que nos gustaría trabajar dentro de unos años: yo dije arquitecto; ella, enfermera.

Así se nos pasó el tiempo.

Cuando dije que ya era hora de comenzar a pensar en regresar a casa, ella dijo sí moviendo la cabeza.

Yo le agarré la mano; ella apretó la mía, asi estuvimos varios minutos.

Cuando me incliné para besarla, ella movió la cabeza y sólo puede darle el beso en la mejilla, es decir, como siempre.

Al rato fue ella quien volteó la cabeza hacia mí, y la besé en los labios.

Se levantó como para irse, yo la jalé de un brazo y ella cayó sobre mi; nos pusimos a besarnos como en la películas de los años cincuenta: labios contra labios, nada más.

Ella se desprendió de mí, se levantó roja como un tomate, y me dijo, ya me voy, a mi madre la va a preocupar que me demore.

Me levanté y ella me besó en los labios, de despedida.

A los cinco pasos volvió la cabeza y me dijo: ya tu sabes que siempre te voy a esperar aquí, siempre.

Y se fue corriendo.

No la volví a ver.

Seguíamos yendo al pueblo para pasar las vacaciones de todos los años, pero ya no salí de cacería.

A veces llevaba a algunos amigos o amigas, y nos entreteníamos con algún juego de mesa o salíamos a pasear por los alrededores del pueblo.

En unas vacaciones vine con mi novia a pasar la fiesta de Navidad con mis padres, y al día siguiente nos fuimos.

Y así pasaron los años, varios años.

En unas navidades, yo ya debería tener veintidós o veintitrés años, me había peleado con Carlota, y para no estar solo hasta la fiesta de reyes, decidí pasar las vacaciones de fin de año con mis padres.

Al pueblo lo vi con otros ojos: pensé que era el lugar más aburrido del mundo, hasta feo me parecía.

El treintaiuno mi madre tocó la puerta, entró a mi cuarto donde yo estaba leyendo una novela de Chandler, para decirme que Rosario no le había traído el pastel que le había encargado y que lo necesitaba de todas maneras para la cena de recibir el año.

Me pidió que fuera a buscarlo.

Te acuerdas dónde queda su casa; no lo recordaba.

Es la madre de Rosamaria, ¿ya la ubicas?

Dije que sí, agarré el jeep y me dirigí a la casa de Rosamaría; ha-bían pasado muchos años y las chicas de los pueblos se van afeando conforme pasan los años.

Bueno, la verdad es que todo el mundo se va afeando con los años, no sólo las chicas de los pueblos.

Llegué a la casa, toqué la puerta y se abrió sola.

Alzando la voz pregunté dos o tres veces si había alguien en casa, es decir, si podía entrar; nadie me contestó; continué entrando en la casa y al pasar de la sala escuché voces en lo que sería un dormitorio: una era de hombre y la otra, llorosa, de mujer.

Volví a preguntar si había alguien en casa.

Salió de la habitación don Severino, el médico del pueblo, y tras él Rosamaría; no se había afeado, incluso había mejorado, y ya no aparentaba ser una chica de pueblo: alta, bien vestida, bien peinada, con un delicado reloj de muñeca y un par de sortijas en la mano derecha. Tenía más aire de mujer capitalina que pueblerina.

Nos saludamos con una inclinación de cabeza, teniendo al doctor entre nosotros: ella era la mujer de la voz llorosa.

-Ha fallecido doña Rosario, un paro cardíaco, ya no había nada que hacer; ahora voy a registrar el fallecimiento; si te pudieras quedar y ayudar a Rosamaría sería un gesto caballeroso de tu parte; ella está destrozada como es natural. Cuídala, ayúdala, regresaré en un par de horas.

Lo acompañé a la puerta y Rosamaría volvió a entrar a la habitación de donde había salido con el doctor.

Ella estaba arrodillada, llorando y acariciando la cara de su madre.

Cuando le dije ¡ánimo, Rosamaría!, se levantó y vino hacia mi.

Nos abrazamos.

-Rosamaría tenemos que preparar a tu madre para el sepelio, pues la gente comenzará a venir a darte el pésame, le dije.

-No sé qué es lo que debo hacer.

-Lo primero es arreglar a tu madre, ponerle el vestido que más le gustaba, peinarla y cosas así. Mientras tanto yo iré a la sala para abrir el espacio para el ataúd y poner las sillas contra la pared para que se siente la gente del pueblo que quiera velarla. Tú haz lo tuyo, que de lo demás me ocupo yo.

Le vino un nuevo ataque de llanto y yo la volví a abrazar para consolarla.

Cuando se calmó, le di unos golpecitos en la espalda y nos separamos.

No había gran cosa que hacer en la sala: había una mesa y tres sillones; busqué sillas por la casa y las llevé a la sala, unas siete.

La mesa del comedor también la empujé contra una pared.

No habían tantos muebles para tener que ir seleccionando.

Al terminar volví a la habitación donde estaba la difunta.

Rosamaría ya había arreglado a su madre.

Le había puesto un nuevo vestido y le había pintado los labios.

Cuando entré, Rosamaría se levantó y llorosa vino donde mí, la abracé; ella recostó la cabeza en mi hombro.

-No te preocupes -le dije-, yo me ocupo de todo.

Ella retiró un poco la cara y me miró toda llorosa; nunca había visto unos ojos tan tristes.

Sin pensarlo, le di un beso en la mejilla y la atraje más hacia mí.

Ella volvió a retirar la cara para verme a los ojos.

Ya estábamos muy juntos, como si estuviéramos pegados.

Ella me sintió a mi, igual como yo la sentí a ella.

Y entonces la besé en la boca.

Ya no nos contuvimos, sólo pensamos en nuestros sentimientos, en nuestros deseos, en nuestros deseos tanto tiempo reprimidos.

Nada más.

Nos besámos con toda el ansia acumulada desde la última vez que nos vimos.

Lentamente la fui bajando hasta echarla en la parte final de la cama, pegada a la barandilla, muy pegada.

Le fui levantando la falda poco a poco y acariciándole las piernas.

Me he guardado para ti, me dijo suavemente, casi en silencio.

Era el mismo tono de voz de las veces que me decía que siempre me iba a esperar en ese tronco del bosque.

Después le abrí la blusa, le bajé el corpiño y me clave en ella besando, lamiendo, mordiendo.

Actuábamos como sonámbulos, supongo.

No sé cómo le quité la blusa y sus otras prendas interiores.

Entonces entré en ella; entré con fuerza, con cariño, desfalleciente de deseo, y me quedé inmovilizado un buen rato, moviéndome apenas, jugando con su clítoris y sus pezones.

Ella se ahogaba de deseo y yo también.

Entonces entramos en un movimiento rápido, duro, hasta violento, y ya no sabíamos qué nos pasaba y qué es lo que estábamos haciendo.

Rotabamos sobre nosotros mismos, fuerte, muy fuerte, como si quisieramos meternos en el cuerpo amado.

Era como haber entrado en otra dimensión. A algo extraordinario.

Y en el momento de explotar, gritamos, llorámos y nos besámos desesperadamente.

Despues sentí que ya debería salir de ella, y así lo hice.

Me di la vuelta y quede sentado en el suelo al lado de las piernas de Rosamaría.

Una finísima línea de sangre descendía por dentro de su pierna izquierda.

Iba a acercarme a lamerla, pero en ese instante Rosamaría comenzó también a deslizarse hasta quedar sentada a mi lado.

La quise abrazar pero me quitó el cuerpo.

Tampoco quiso que le agarrara la mano o le acariciara las piernas.

Ni siquiera me dejo besarla.

-¿Qué hemos hecho, Dios mío, qué hemos hecho?

- Nada, nada, Rosamaría, sólo nos hemos amado…

-No, no, como animales, como asquerosos animales… No, no me toques. ¡Fuera de aquí!, ¡Fuera, fuera! –y sollozaba

-Rosamaría, tranquila, tranquila…

-Somos peor que animales, unos sucios y malditos animales… Lárgate, no quiero volver a verte en mi vida. Me das asco, mucho asco. También yo me doy asco, yo misma siento asco de mí. Más asco de mí que de ti. ¡Fuera, fuera, lárgate!

Y llorando se levantó y siguió gritando que me fuera de su lado, de su casa.

Ella trató de arreglar su ropa para tapar su desnudez, mientras se iba de la habitación por una puerta diferente a la que entré.

Yo también arreglé mi ropa y me encamine hacia la calle.

Pero entonces, en ese momento, justo en el momento en que iba a abrir la puerta, me acordé del pastel que necesitaba mi madre.

Di media vuelta y caminé por el pasillo hacia la cocina.

Ahí, sobre la mesa, estaba la torta encargada por mi madre.

Saqué todo el dinero que tenía en los bolsillos y lo deposite en el lugar donde había estado el pastel.

Cogí el pastel y me fui hacia la calle.

Lo acomodé en el asiento trasero del jeep, apagué el radio, y me encaminé en silencio hacia mi casa.

Las veces que he pensado en esta historia, he sentido una gran vergüenza y siempre me he considerado el culpable de lo sucedido.

Quizá por eso nunca la he contado.

No sé.

Sí, sé que me porté como una bestia; me aproveche de ella.

Estaba bajo el peso de un inmenso shock y yo lo manejé hacia mi lado.

¿Y qué ha sido de Rosamaría?

No sé qué ha sido de ella; nunca más he tenido noticias de su vida.

Mis padres murieron, vendimos la hacienda, y nada se me ha perdido en el pueblo como para tener que ir a buscarlo.