VIVIENDO EN SUIZA

 

 

Hace algunos años, viví seis meses en Lausana, Suiza. Mi familia había heredado varias hectáreas de tierra, que no lograba inscribir a su nombre, y me comisionó para tratar de resolver tan lamentable asunto. Por consejo de uno de los asesores legales, alquilé una pequeña villa en las afueras de la ciudad. Dadas mis necesidades temporales, sólo habilité en la planta baja una cocina, que pretendía utilizar como desayunador, un dormitorio y una amplia sala, en donde dejaría transcurrir la mayor parte de los días.

    Una semana después de haberme instalado, decidí salir en las mañanas a caminar por la campiña próxima. Eran paseos largos en los que, además de disfrutar de una naturaleza civilizada, me enfrascaba en deshilvanadas meditaciones acerca de mi eminente divorcio. Disponía con plena libertad de mi tiempo y actividades, pues pasados los primeros ajetreos de trámites y firmas, casi no se requería mi presencia en el centro de la ciudad. Una tarde, en la que me aburría más de lo usual, leí en el diario un aviso convocando al público al remate, en cierta reputada casa de libreros, de una considerable cantidad de excelentes lotes de libros, y me convencí para asistir a ella, más con ánimos de curiosear que de adquirir. Sin embargo, para mi sorpresa, eran escasos los concurrentes y, a simple vista, parecía evidente hallarse presentes por motivos semejantes a los míos. Al preguntar por el valor de los setenta volúmenes de las Oeuvres Completes de Voltaire ‑en la edición póstuma de 1784 a 1789, por la Société Littérarie‑Typographique‑, me dieron un precio muy razonable y de inmediato los compré. Inconsciente e irresponsablemente, fui apartando un buen número de lotes que me atrajeron por variados motivos. Concluida la revisión minuciosa de la totalidad de lo ofrecido a la venta, solicité la suma de mis compras, firme un compromiso por la cantidad indicada y emprendí el camino a casa muy desconcertado por el inesperado afán de adquisición que se había apoderado de mi ánimo.

    Cinco días más tarde, llegaron los cajones con los libros. El asesor legal se había ocupado, a mi requerimiento, de encargar a un almacén la instalación en el salón de la villa de los muebles necesarios para el alojamiento de lo que llamaba mi petit folie. Varias horas de la semana siguiente las entretuve en los estantes acomodando los libros de acuerdo al orden alfabético de los apellidos de los autores y a las fechas de edición de sus obras. Al poco tiempo, me habitué a emprender mis paseos matutinos con algún ejemplar bajo el brazo, a fin de hojearlo en los minutos en que me detenía a descansar en la campiña.

    Una tarde, en que estaba descifrando La tempestad de Shakespeare en la segunda edición in‑folio de 1632, tocaron a mi puerta y al abrir me hallé frente a un anciano, que sabía era mi vecino. Turbado y algo incómodo, se deshizo en disculpas por interrumpir mi privacidad. Dijo haber quedado muy sorprendido por la llegada de los libros y me preguntó delicadamente si le permitiría curiosear en mi biblioteca pues él también era bibliófilo. De inmediato lo invité a pasar. Se extasió ante varias ediciones y acarició con ligera melancolía algunos ejemplares que me solicitó autorización para hojear. Al despedirse, intercambiamos las usuales formalidades y, desde entonces, al cruzarnos en la calle, nos saludábamos y, algunas veces, hasta detuvimos el paso para decirnos corteses palabras. A pesar de su apropiado francés y el no tan preciso mío, fue fácil deducir que, al igual que yo, él tampoco era nativo de Suiza, por lo menos del cantón donde ambos residíamos. Durante casi dos meses, esa fue toda mi relación con el curioso y amable vecino.

   Una mañana, en la que regresaba de mi caminata por los alrededores, vi al anciano sentado en el mirador de su casa. Levantó el brazo como saludo y luego, animosamente, me hizo señas para que me acercara. Así lo hice, y le pregunté en qué podía serle útil. Alzando la voz, habló del tiempo, preguntó por mi salud, alabó la campiña y, finalmente, como reparando un descuido, me invitó a subir y sentarme a su lado para hacerle compañía durante unos minutos. Acepté mortificado, pues mi humor no era el más adecuado para convivencias sociales, por breves que estas fueran. Al día siguiente, se repitió la escena, y podría decirse que se convirtió en costumbre demorar el regreso a casa por entretenerme en la del vecino. No puedo afirmar que me arrepintiera.

    Era un magnífico conversador, pletórico de anécdotas e informaciones divertidas, y un día me reveló, con no disimulado orgullo, que también era escritor. Su nombre era famoso y sus libros habían sido traducidos a los idiomas cultos con un éxito que lo satisfacía. Poco después, le presenté mis disculpas por tan torpe ignorancia y, mi empeño de borrar la mala impresión causada, extendí ante él un ejemplar del primer volumen de su obra, solicitándole un autógrafo, al cual accedió sonriente y haciendo votos para que no lo leyera hasta que en verdad el tema me interesara. A partir de ese momento, nuestras charlas adquirieron otros rumbos y varias veces desahogué con él los desconciertos de mi eminente divorcio. Le conté también de mi patria, de sus revueltas e inestabilidades, y él, como susurrando secretos, me confió sus acentuados temores por la violencia y el cambio social. A veces me hablaba de su penosa infancia y de su decepcionante paso por Oxford.

    Las semanas transcurrían y, en vista que no progresaba la solución de los asuntos gerenciales que me retenían en Suiza, mi familia, a través de una larga carta de mi abuelo, requirió mi vuelta y el enfrentamiento del problema matrimonial que había ido posponiendo con la excusa de hallarme ausente. Mi anciano vecino recibió con tristeza las noticias del viaje y, tres días antes de la fecha de mi partida, tuvo la gentileza de invitarme a cenar "para terminar de conversar sobre todas aquellas cosas que entre amigos se olvidan".

    Me vestí con mi mejor ropa y le llevé, como recuerdo de nuestras amenas charlas, los volúmenes de la Obra de Aristóteles, en la edición de Saldus Manatíes, que sabía serían de su agrado a pesar de no gustar mucho de lecturas en griego. Terminada la cena, pasamos a sentarnos en unos cómodos sillones que había ordenado colocar en torno a la chimenea. Bebimos unos copas recordando temas de anteriores conversaciones. Sin considerar nuestra acentuada diferencia de edades, el ambiente era semejante al de dos viejos compinches despidiéndose por muy largo tiempo luego de haber compartido un buen trecho de la vida. Al sonar en el reloj de pie las convencionales doce campanadas, indiqué con pesar que había llegado el momento de retirarme. Me retuvo poniendo afectuosamente la mano sobre mi antebrazo izquierdo.

    "Debo decirle algo ‑me dijo‑. Es una explicación no pedida pero me veo en la obligación de darla. Me disculpará por lo que pueda haber en ella de privado. Esta relacionada con su divorcio y con mi silencio. No creo ser infidente por contarle una historia muy antigua". De inmediato le agradecí su amabilidad y le aseguré no deberme nada, y menos una explicación, por algún tema de nuestras charlas; en todo caso, agregué, me correspondería a mi pedir excusas por hacerle perder el tiempo con insípidas cavilaciones sentimentales. Sonrió. "Escuche entonces a un amigo", murmuró. No puedo garantizar la exactitud de la transcripción de su relato, pero así es cómo lo recuerdo.

    "Vacilo, por temor al ridículo, recordar la historia de mi primer amor ‑comenzó diciendo‑. Con esta palabra no quiero dar a entender la atención cortés, la galantería, sin esperanza ni designio, que ha surgido del espíritu de caballería y que se halla entretejida con la trama de las maneras francesas. Entiendo por esta pasión la unión del deseo, la amistad y la ternura, encendida por una sola mujer, que hace preferirla al resto de su sexo, y que busca su posesión como la suprema y la única felicidad de nuestro ser. No tengo que sonrojarme al recordar el objeto de mi elección y, aunque mi amor no fue coronado por el éxito, me siento más bien orgulloso de haber sido por una vez capaz de tan puro y exaltado sentimiento.

    "Los atractivos personales de Madeimoselle Sisan (dispense por evitar la mención del apellido) estaban embellecidos por las virtudes y los talentos de su alma. Su fortuna era pequeña, pero su familia era respetable. Su madre, francesa, había preferido su religión a su país. La profesión de su padre no extinguió la moderación y la filosofía de su carácter, y vivía contento con su pequeño salario y una tarea laboriosa en el oscuro destino de cura de Crassy, en las montañas que separan el Pays de Vaud del condado de Borgoña. En la soledad de tan apartado lugar, dio una educación liberal, e incluso docta, a su hija única. Esta sobrepasó sus esperanzas por su aptitud para las ciencias y los idiomas, y en sus cortas visitas a algunas amistades de Lausana, el ingenio, la belleza y la erudición de Madeimoselle Susan, eran el tema del elogio universal.

    "La noticia de tal prodigio despertó mi curiosidad: vi y amé. La encontré culta, sin pedantería, animada en la conversación, pura de sentimientos y de modales elegantes, y la primera emoción súbita se fortaleció con el hábito y el conocimiento de una relación más familiar.

    "Me permitió hacerle dos o tres visitas en la casa de su padre. Pasé allí algunos días felices, en las montañas de Borgoña, y sus padres alentaron honorablemente las relaciones. En un tranquilo apartamiento, la alegre vanidad de la juventud ya no bullía en su pecho; escuchó la voz de la verdad y de la pasión y yo podía atreverme a pensar que había hecho alguna impresión sobre un corazón virtuoso.

    "Me entregué a mis sueños de felicidad, pero a mi vuelta a Inglaterra me di cuenta en seguida de que mi padre no quería hablar de esta extraña alianza y de que, sin su consentimiento, estaba desamparado y sin ayuda. Después de una penosa lucha me resigné a mi hado: suspiraba como enamorado, obedecí como hijo. Fue entonces cuando escribí una carta en un tono equivocado, la cual siempre lamenté, aunque felizmente fue perdonada o, quizá sería más correcto decir, olvidada. Mi herida fue curada insensiblemente por el tiempo, la ausencia y los hábitos de una nueva vida. Mi curación se aceleró por un testimonio fiel de la tranquilidad y alegría de la damita y mi amor dejó el paso a la amistad y a la estimación". Detuvo su narración como embelesado por imágenes de aquel tiempo; yo entretuve mi vista, sin decir palabra, en las débiles llamas que surgían entre los troncos de la chimenea.

    "El cura de Crassy ‑continuó mi vecino‑ murió poco después; su estipendio murió con él. Su hija se retiró a Ginebra, donde, enseñando a muchachas jóvenes, ganaba con esfuerzo la subsistencia suya y de su madre, pero en su profunda desgracia mantenía una reputación inmaculada y una conducta digna.

    "Un rico banquero de París, ciudadano de Ginebra, tuvo la buena fortuna y el buen sentido de descubrir y hacerse dueño de este tesoro inestimable, y en la capital del gusto y del lujo ella resistía las tentaciones de la riqueza como había resistido antes los embates de la indigencia. El genio de su marido lo ha elevado a una de las más relevantes situaciones políticas de Europa. En todos los cambios de la prosperidad y de la desgracia, él ha reclinado su cabeza sobre el pecho de una amiga fiel. Puedo vanagloriarme de haber sabido conservar la amistad de ella, y luego establecer una muy afectuosa con su esposo. Yo los he visitado en diversas oportunidades y ellos, en compañía de su hija, han paseado conmigo por la misma campiña por donde usted gusta de caminar en las mañanas.

    "Este fue el primer amor de vida y seguramente el único que he vivido. Hace cerca de un año, siguiendo las veleidosas costumbres parisinas, me arrodillé ante una conocida dama y buena amiga mía, para solicitar su mano y tener así una compañera en el declinar de mi vida. Lamento decir que fui rechazado y que mi excesiva corpulencia, no considerada al realizar el gesto, obligó a solicitar la presencia de un criado para ayudarme a poner en pie y retirarme de la casa. Pensé también, hace pocos meses, adquirir un compromiso matrimonial o la adopción de una joven, a fin de remediar esta soledad en que vivo. Consulté tal proyecto con Madame Susan. Permítame leerle unas líneas de la juiciosa y noble carta que tuvo a bien escribirme, aconsejándome".

    Con mano temblorosa extrajo varias páginas de hermosa caligrafía de entre las hojas del libro que tenía en una mesita al lado. Tosió, me miró de reojo, se puso sus anteojos y, con voz entrecortada que no lograba disimular la emoción que sentía, me leyó un fragmento de lo que me pareció la tercera o cuarta página: "Guardaos de contraer lazos tardíos; el matrimonio que hace feliz en la ancianidad es el que se contrajo en plena juventud. Sólo así es una reunión perfecta, los gustos se comunican, los sentimientos se corresponden, las ideas se hacen comunes, las facultades intelectuales se modelan mutuamente; es una existencia doble, y toda la vida es una prolongación de la mocedad". Sin decir una palabra más, guardó mi vecino la carta en el libro. Estaba visiblemente conmovido. No supe qué decirle. Dos o tres minutos después de ese silencio que nos embargaba, me levanté del sillón y me aproximé a él para extenderle mi mano y ayudarlo a ponerse en pie. "Disculpará y comprenderá usted, apreciado amigo, las razones de mi silencio a sus confidencias. No poseo experiencia para aconsejar sobre el amor y menos para realizar comentarios acerca de los problemas de matrimonios amigos. Le deseo suerte en la solución que encuentre y le agradezco su compañía en estos placenteros meses. No soy un buen corresponsal, pero me alegrará recibir alguna noticia suya, si en algún momento recuerda a este, su circunstancial amigo".

    Deseé darle un abrazo, pero nuestro conocimiento no permitía ese tipo de familiaridades. Me limité a estrecharle la mano efusivamente antes de retirarme agradeciendo la invitación y la simpática velada. No lo volví a ver. Mis últimos días estuvieron atareados supervisando el embalaje de las pertenencias que se habían ido acumulando durante mi estancia en Suiza, y las instrucciones finales a nuestros asesores legales consumieron el poco tiempo libre de que disponía antes de mi partida. Sin embargo, en el momento de abandonar la villa, levanté la vista hacia la casa de mi vecino, y lo vi tras una de las ventanas del tercer piso. Le hice un adiós con la mano, pero no fui correspondido; supuse que se hallaba distraído por algún pensamiento inesperado. Le escribí una vez, pero no obtuve respuesta. Dos años y medio más tarde, recibí una carta de Londres en que se me informaba que en la embajada de Inglaterra ante mi país, se encontraba un paquete de libros a mi nombre y se me agradecería ocuparme de ordenar su retiro. Los libros venían acompañados de una breve nota comunicándome el fallecimiento de mi vecino y su voluntad de que me entregaran, como recuerdos personales, los libros adjuntos. Era una antigua edición de Virgilio en latín, la colección de las Obras de Aristóteles que le obsequié al despedirme, y un juego completo de las primeras ediciones de sus libros, amablemente autografiados. "Lea ‑me decía‑ a Virgilio; disfrute de la nostalgia de no poder leer a Aristóteles en su lengua original; y recuerde la vieja sentencia de Plinio: no hay libro tan malo que no encierre algo bueno".