POR BLANQUEAR DINERO

 

 

Ella tenía las cosas claras: blanqueaba dinero y se quedaba con el 20%. No eran millones, pero era un apetitoso sobresueldo.

Hasta ahora sólo fueron cantidades pequeñas, nada en comparación a lo que se supone que maneja la droga.

Casi como unas donaciones modestas.

Nadie investiga movimientos normales en una convencional cuenta bancaria.

Tenía más de dos años disfrutando de esa inofensiva tarea.

Su nombre era Florencia, la ciudad italiana en que se conocieron sus padres.

Un romanticismo que derivó finalmente hasta un simple Flor.

Estudio Administración de empresas en la Universidad de Stanford e hizo un doctorado en Oxford.

No fue una alumna brillante, pero si una muchacha que se separaba un poco del término medio.

Regresó a su país y entró a trabajar en un banco.

Lo hizo bien.

Ahora se desempeñaba como gerente de una sucursal en una ciudad turística.

Una sucursal sin mayor relevancia, pero tenía a sus órdenes a once personas, incluyendo el guardia de seguridad, y se movían algunos millones.

Ella suponía que pronto subiría a un escalón más alto.

Desde hacia cinco años vivía con una compañera, una muchacha que conoció en su último año en los Estados Unidos.

Nunca más se separaron; ambas descubrieron las delicias del secreto y del amor lésbico.

Esther navegaba con bandera de escritora; trabajaba en casa, y el horario de Flor le dejaba el día libre para leer y escribir.

A veces salía a dar una vuelta, pasar por librerías, supermercados y grandes almacenes en rebajas.

Las vacaciones las pasaban en Europa.

Flor estaba convencida de que si se descubriera su relación con Esther, se vendría abajo su carrera.

No se tragaba eso de salir del ropero ni lo del orgullo gay.

Un día una cajera le remitió un señor que quería abrir una cuenta.

Solo hablaba inglés y tenía muchas preguntas.

Después de un rato de charla, le propuso comer juntos al medio día para conversar con más calma y evitar interrupciones.

Como no era una cena, aceptó, pero eligió un restaurante que estaba a dos cuadras del banco.

Acordaron que a las dos se encontrarían.

Lo que se llama una comida de negocios.

Flor llegó puntual y se encontró con el señor de la mañana, acompañado de una mujer muy guapa y un enano.

Todo el tiempo hablaron en inglés, pero cuando el señor de la mañana, Jack, habló con el mozo, lo hizo en un perfecto castellano.

El asunto era muy sencillo, siempre y cuando no la asustara salirse unos centímetros de la legalidad.

La mujer le habló de su convivencia con Esther, de su carencia de relaciones familiares desde la muerte de sus padres, de sus amigos y de la vida enclaustrada que hacía, como quien repite una lección aprendida de memoria.

La habían estudiado a fondo.

Y ella era la persona perfecta para el trabajo que querían encargarle: una vez al mes, sin día fijo, debía ir a desayunar al bar que estaba frente al banco, sentarse en una mesa, dejar su bolso abierto y esperar a que el enano deslizara en él un sobre.

Ese dinero debería ponerlo en una cuenta en que ella sólo ingresaría y otra persona, “no tenía por qué saber quien”, haría los egresos.

Le dieron el nombre del titular, Pedro de la Madrid Tenorio.

Ah, ella se quedaría con el 20% de la cantidad que le entregaran para ingresar.

Todo era muy sencillo, “más fácil no podía ser”.

La confianza mutua era la piedra de toque.

Flor no era tonta y captó muy bien la señal de la investígación que realizaron.

Esther era la garantía de la confianza y honradez que le pe-dían.

Ella rechazó la oferta varias veces durante la conversación; ellos le aseguraron que no serían cantidades grandes las que moverían, que su seguridad para ellos era esencial.

Siguió rechazando, pero ya sabia que al levantarse de la mesa, estaría metida hasta el cuello en un cartel de la droga.

Pidió unos días para pensarlo, pero le contestaron que no había tiempo para que diera su respuesta.

Aceptó.

Le dijeron que ya tenía el primer sobre en su bolso; se despidieron fríamente, “por las apariencias”, le dijo la mujer al oído al darle un convencional beso en la mejilla.

A las cinco el personal abandonó las oficinas.

Era como en el colegio, sonaba el timbre y todos como niños pequeños salían en estampida.

Ella acostumbraba quedarse una hora más, revisando los movimientos del cierre del día.

Esta vez fue a la caja tres, prendió la computadora, alteró la hora, abrió una cuenta a nombre de de la Madrid Tenorio y depositó sesenta mil dólares al cambio del día.

La cajera del tres no había asistido ese día “por enfermedad”.

Flor acababa de hacer un movimiento fantasma, y había recibido en pago diez y seis mil dólares de comisión.

Aparte de los nervios por primeriza, era un trabajo realmente fácil y sin mayor riesgo.

Muchas empresas y particulares movían al mes cantidades mayores a ese importe: constructoras, hoteles, casinos, venta de pareadas en las nuevas urbanizaciones, traficantes de droga regularizados por la policía o el ejercito; cerca en esas cantidades estaban los supermercados, las joyerías, alguna casa internacional de modas, los grandes restaurantes

Un grano de arena en una playa muy grande que los dos años transcurridos no habían levantado sospecha alguna, y ella tenía sus comisiones guardadas en varios bancos europeos; nada paraísos fiscales ni cuenta secreta en Suiza.

Pero hoy Jack había regresado sorpresivamente al banco.

Se dirigió de frente a su privado y entró sin tocar la puerta.

–Tenemos un problema– le dijo sin saludarle.

Flor no abrió la boca. Sólo lo miró frunciendo el ceño.

–Necesitamos mover lo antes posible dos millones de dólares.

–¡Caramba! –exclamó Flor.

–Tienes que ayudarnos.

–No veo cómo –replicó Flor, fría como un hielo.

–Ese es tu problema. Ya has recibido más de medio millón de dólares nuestros, y ahora te podrás embolsar, por una sola operación, cuatrocientos mil. No es moco de pavo.

–Sí, pero no puedo hacerlo. Sería como ponerme yo misma la soga al cuello. ¿Cómo justifico un ingreso de un millón seiscientos mil dólares? Es una cantidad muy grande y muy vistosa. Al día siguiente estaría mi sucursal llena de auditores fiscales y contadores internos. ¡Imposible!

–Es tu problema.

–¿Y yo cómo explico el tener cuatrocientos mil dólares en mi bolsillo de la noche a la mañana?

–Bueno, por algo eres la gerente del banco. Tienes que saber cómo hacerlo.

–Pues no se cómo –contestó Flor, fría y distante.

–Tendrás que encontrar la forma de hacerlo –Jack se quedó unos segundos mirándola fijamente–. Además es una orden que viene de arriba, de lo más alto, y no hay manera de rajarse, aplazar, conversar, hacerlo por diversas partidas.

-Imposible –dijo Flor, y se levantó para señalar que la conversación había terminado.

-Siéntate –rugió Jack.

Flor se sentó. Ahora comenzaba a tener miedo.

-Mira, Flor. Tu eres una empleada nuestra.

-No es verdad.

-Tu obligación es servirnos.

-No es verdad.

-Por eso te has embolsado tan buenas cantidades sin hacer nada importante.

-No es verdad.

-Sabes perfectamente que estás metida hasta el cuello en el blanqueo de dinero y en conexiones con la droga. No tienes escapatoria. Yo soy un pez menor, sólo Lauren es importante; el enano es un ejecutor que envían a hacer trabajos sucios. Me es imposible mover un dedo para ayudarte. Matarán a Esther. Esa gente no entra en bromas. Es muy cruel y sanguinaria. Y ahora se les han cruzado los cables y no encuentran la manera de proteger ese dinero.

-Pero yo no puedo ayudarles en nada. Soy solo la gerente de una sucursal insignificante.

-No es tan insignificante; Haz la operación y desaparece.

-¿Cómo?

-Esfúmate. Mete el millón seiscientos en la cuenta y te vas a donde nadie te encuentre. Los cuatrocientos mil dólares que te tocan, bien te pueden servir para comenzar una nueva vida. Por ahí está tu salvación.

-No puedo hacerlo, de verdad que no puedo hacerlo –sollozó Flor. Ahora ya temblaba de miedo y calibraba el lio en el que estaba metida. Había comenzado a llorar.

-Mira, yo pediré cuarenta y ocho de plazo para que tu metas en la cuenta el dinero y ellos se ocupen de sacarlo.

-Me están sacrificando. La única reventada seré yo.

-Escápate, esfúmate, huye, desaparece –murmuró Jack con tristeza-. El viernes vendré y te daré un maletín con los dos millones. Es todo lo que puedo hacer: buscarte dos días de ventaja gracias al fin de semana.

Jack se fue sin despedirse.

Las cuarenta y ocho horas sólo sirvieron para que Flor temblara durante todo el día y se pasara la noche caminando por la casa.

El jueves hizo varias llamadas desde el teléfono público que estaba frente al banco.

Sabía que el viernes sería su fin y el lunes la ejecución.

Jack llamó para darle la hora, mañana a las diez en el mismo bar de siempre.

Nada que hacer.

Repitió: a las diez como siempre y colgó.

Esther sabía desde el miércoles en la noche que algo raro le sucedía a Flor.

Volaba, y ella jamás volaba; callaba, y ella jamás callaba; no hizo el amor, y ella jamás se dormía sin hacer el amor a fondo o al paso de vencedores.

Sabía que no podía preguntarle nada: Flor detestaba que le hicieran preguntas.

El jueves fue peor; llegó a las seis, entró dando un portazo, prendió la televisión, se echó sobre el sillón grande e hizo como que se dormía.

Esther se metió al baño a llorar en silencio.

Algo le pasaba y ella no podía hacer nada para ayudarla.

En la noche, a las once, Flor se acercó a Esther, la llevó de la mano a la cama y estuvieron acariciándose.

Ahora las dos lloraban.

Cuando Esther se durmió, Flor fue al comedor y escribió una nota que colgó con un imán del frigorífico.

Después se vistió de negro y fue el Drugstore a tomar un whisky doble.

Y caminó, hasta la madrugada, caminó.

El viernes, como siempre, Flor entró en la sucursal a las nueve en punto.

A las diez salió a desayunar y regresó con un grueso maletín de ejecutivo, con la llamativa etiqueta del precio aún colgando del asa.

Hasta las doce hizo números, dictó cuatro cartas y preocupada, miró durante un buen rato el techo.

A las doce cogió el maletín y salió hacia la calle.

Justo en ese instante se detuvo al frente del banco un carro; Flor subió sin voltear la cara, y mirando a Esther dijo: rumbo a Cascarrillas, ¿supongo que tendrás el depósito de gasolina llenó?

Sonrió para nadie.

Mientras se alejaban, Esther no aguantó más y le preguntó qué pasaba.

Qué significaba esa nota que le había dejado: eso de alquilar un carro, llegar a la puerta del banco a las doce en punto, meter a Teddy y Picky -sus ositos- en un bolso, y traer su novela y su pasaporte en la cartera de ejecutiva que le había regalado en Navidades.

-¿Qué significa todo esto? –preguntó Esther bastante seria. Algo iba llegándole a la mente- Dime, ¿qué significa todo esto?

Flor la jaló del cuello y la besó rápido en la mejilla.

Esther orilló el carro y se besaron largamente, abrazándose muy fuerte.

Flor temblaba de miedo, pero haría lo que Jack le aconsejo…, desaparecería…

Hasta el lunes nadie podría saber nada; ni los malos ni los buenos.

Esther, sin saber por qué, sonreía.