CASA DE CITAS

 

 

  • Al terminar el verano, en septiembre de 1934, Marcel Duchamp le enseñó a la pizpireta Anaís Nin una caja llena de dibujos realizados en cualquier clase de papel y de hojas arrancadas de libretas en las que estaban escritas notas, frases sueltas, pensamientos no desarrollados, ideas dejadas a medio apuntar, palabras, sólo palabras. Para Duchamp esa caja, llamada después la Caja verde, representaba el futuro del libro. La idea base, por lo menos, era bastante clara: “No es esta una época para terminar nada. Es la época de los fragmentos”. Estaba convencido de la imposibilidad de escribir y poner en la última página el consabido “Fin”. Nada de libros concluidos, dijo.

 

  • Supongamos que demuestro, por medio de breves pasajes de este tipo, la posibilidad de atravesar toda la biblioteca bailando, por así decirlo. El lector obligatoriamente se pregunta: ¿por qué yo no?  Sollers

 

  • Lo que aquí he escrito, ciertamente, no aspira en particular a novedad alguna; razón por la que, igualmente, no aduzco fuentes: me es indiferente si lo que he pensado ha sido o no pensado antes por otro. Wittgenstein